Número 80

Número 80

EDITORIAL

En la Venezuela de hoy se decide el futuro de Nuestra América. (I parte)

En 2016, el imperialismo y las oligarquías del área creyeron llegado el momento idóneo para destruir a la Revolución Bolivariana: el precio del petróleo, principal rubro de exportación de Venezuela, sumamente bajo; la asamblea legislativa en manos de una oposición que sólo trabaja para intentar constituir otro Estado paralelo; en el contexto suramericano una Argentina y un Brasil ganados ya por completo por la ultraderecha neoliberal, lo que puso fin momentáneo al intento venezolano de traspasar el lindero económico del Mercado Común del Sur (MERCOSUR) para también convertirlo en un modelo de integración social.

Si bien resultaba cierto que nada nuevo ensayaban, pues este proceso revolucionario se ha visto asediado y agredido desde su nacimiento, también lo es que nunca antes tantos factores resultaban adversos al proceso revolucionario que en ese país tiene lugar.

En lo interno, por separado, ninguno de esos factores suele llevar a la caída de un gobierno; a fin de cuentas la crisis económica por la baja en los precios de las materias primas daña a toda el área y ejemplos de presidentes gobernando con minoría en sus parlamentos son los que se sobran en todo el Continente. No obstante, lo real es que el oportunista aprovechamiento de esas adversidades por parte de la ultraderecha es lo que pone en peligro el proceso bolivariano y con él a todo el movimiento progresista latinoamericano y caribeño.

Para nada resulta exagerado afirmar que hoy en Venezuela está en juego, a corto y mediano plazos, el futuro de toda Nuestra América y que un nuevo Plan Cóndor vuela sobre las cabezas de los que habitan al sur del Río Bravo. Recordemos que con un parlamento oposicionista  y una economía herida por las agresiones del imperialismo y la oligarquía fue preparado y ejecutado, en Chile, el golpe de estado contra Salvador Allende, que inició una época de luto y terror en toda el área.

Si hasta el momento la ultraderecha no ha logrado sus objetivos en Venezuela, se debe al apoyo popular a la Revolución Bolivariana, dirigida en estos momentos por Nicolás Maduro, y a la unión cívico-militar que ha permitido el respeto irrestricto a la constitucionalidad y ha abortado los intentos golpistas dentro de las fuerzas armadas; vale recordar que el proceso bolivariano nace precisamente en el seno de los organismos castrenses, su padre fue Hugo Chávez y una nueva doctrina militar, progresista y constitucionalista, fue inculcada por él desde su llegada al gobierno.

No vamos a referirnos, en este número, a los planes que en el campo de la arena internacional el imperialismo utiliza para intentar poner punto final al reinicio de la expansión del ideario progresista, que tuvo su génesis y  principal referente en Venezuela. Estos planes llevados a la práctica como vía para aislar a la Revolución Bolivariana e intentar, en un futuro “legalizar” la intervención imperialista los analizaremos en un próximo editorial.

Preferimos, ante la grave situación que hoy vive el hermano país y la necesidad de esclarecer a la opinión pública en cuanto a lo que allí sucede -realidad totalmente distorsionada por la “gran prensa”-, abordar el tema de la llamada guerra de cuarta generación o guerra no convencional –de acuerdo al nombre con que la bauticen los teóricos-, que tiene como principales herramientas el terrorismo, para hacer creer que existe una sublevación popular, y la guerra mediática, para confundir, captar simpatías a favor del derrocamiento del gobierno bolivariano y con todo ello, propiciar una intervención extranjera.

En un evidente intento de hacer creer que existe en Venezuela una terrible represión, diariamente leemos en la “gran prensa” sobre el aumento del número de muertes en las “protestas” contra el gobierno de Nicolás Maduro. Para nada se dice que la gran mayoría de los fallecidos no tenían nada que ver con las llamadas “protestas”.

Cuando el pasado 20 de mayo presenciamos las imágenes del video que muestra al acuchillado joven Orlando Figuera, de 21 años, convertido por los “pacíficos protestantes” en una antorcha que corría desesperadamente por la calle en busca de apagar sus ropas, pensamos erróneamente que a partir de ese trágico momento quedaría al desnudo la verdad sobre quien ejerce el terror en ese país.

Días después, el 4 de junio, después de una prolongada agonía y pese a todos los esfuerzos médicos, murió Figuera, sin saber por que; simplemente, mientras transitaba cerca de los “pacíficos protestantes”, alguien gritó que era un chavista, lo que desencadenó el martirio.

La práctica de quemar vivos a simples ciudadanos, con el fin de crear terror, no se inició con Figuera y tampoco concluyó con su muerte, sólo fue ese el caso más conocido porque fue grabado y por ello no pudo ser tergiversado.

Dos días antes, el 18 de mayo, también fue apuñalado y quemado el joven Carlos Ramírez, supuestamente por ser chavista; en la ciudad de Barquisimeto, el 29 de junio, fueron quemados los jóvenes Henry Escalona y Wladimir Peña de 21 y 27 años, respectivamente, por identificarse como chavistas; el joven de 24 años Giovanny González fue víctima de encapuchados que lo quemaron y apuñalaron, el 26 de junio, al confundirlo con un “chavista”; ya en este mes de julio, específicamente el día 2, en la ciudad de Maracaibo, dos jóvenes (aún desconozco sus nombres), uno que viajaba en moto y otro que trabajaba en el traslado de hortalizas, fueron interceptados por “pacíficos protestantes” y quemados vivos.

Estas siete antorchas humanas –más allá de la ideología que profesaran, resultan verdaderos mártires- son contabilizados por la “gran prensa” entre las muertes por las protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Desde que en el mes de abril se iniciaran las “pacíficas protestas” de los “luchadores por la democracia” contra la “dictadura de Maduro” (según los términos utilizados por la “gran prensa”) en el listado de muertes se encuentran desde comerciantes que protegían sus negocios de los asaltos de las bandas criminales (como fue el caso de Javier Antonio Velázquez), pasando por personas asesinadas por traspasar barricadas opositoras (por citar: Efraín Sierra y Óliver Villa), hasta simples espectadores.

También en esa macabra estadística, pero víctimas de otros métodos de asesinato, pueden citarse los policías Gerardo José Barrera Alonso (38), Jorge David Escandón (37), Endy Daniel Flores Moreno (24) y Beyci Carolina Sánchez (21); al igual, los miembros de la Guardia Nacional Bolivariana: sargento Neumar Sanclemente (28), teniente en retiro Danny Subero (34) y el sargento Ronny Parra (27 años).

Por cierto, entre los más de noventa fallecidos se citan sólo seis que presuntamente murieron por disparos de los cuerpos de seguridad, lo que ha motivado la detención de más de 20 uniformados y digo presuntamente porque se ha comprobado (de acuerdo a declaraciones de algunos detenidos) que a fin de soliviantar los ánimos y culpar a las autoridades, algunos cabecillas de bandas criminales han “sacrificado” a subalternos.

En esta guerra mediática contra la Revolución Bolivariana se dibujan subliminalmente a todos los muertos y heridos –que por cierto, estos últimos pasan de 1 500- como víctimas del gobierno cuando en realidad posiblemente la mayoría fueron simpatizantes chavistas o simples ciudadanos enemigos de la violencia.

Constantemente la dictadura mediática mundial propaga la matriz de opinión de que el gobierno venezolano ejerce una brutal represión contra el pueblo; como es lógico omiten la existencia de una orden presidencial que impide la utilización de armas mortales por parte de los órganos encargados de controlar las manifestaciones, aún cuando de pacíficas no tengan ni un pelo. Se ha dado el caso, incluso, de que la base aérea Generalísimo Francisco de Miranda ha permanecido asediada durante días por ataques de grupos de “pacíficos manifestantes”, la mayoría encapuchados, sin que estos fuesen repelidos con armas, a fin de evitar los trágicos acontecimientos que se intentan provocar.

Por cierto, salta a la vista como estos “pacíficos manifestantes” campean por las calles armados de todo el equipo necesario para protegerse -modernas cámaras antigases, chalecos antibalas, etc.- y generar violencia. Resulta público que sólo en este año 2017 el gobierno de los Estados Unidos ha entregado a la “pacífica oposición” 5,5 millones de dólares para defender “las prácticas democráticas, instituciones y valores que apoyan los derechos humanos”; el imperialismo se encarga de que de nada carezcan estos “luchadores por la democracia”.

Nada comentó la “gran prensa” sobre el ataque de que fue víctima el pasado 20 de abril el Hospital Materno Infantil “Hugo Chávez”, de la localidad de El Valle, que puso en peligro la vida de decenas de mujeres y niños. Como tampoco, días después, del intento de incendiar una escuela primaria.

Igualmente, la “gran prensa” para nada reseña la utilización de adolescentes y hasta de niños por parte de estos “luchadores por la democracia”, en el afán de provocar el caos.

Tan escandalosa ha sido esa práctica que hasta el presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) –por cierto, organismo en nada afín a la Revolución Bolivariana-, Francisco Eguiguren, se vio obligado a declarar, recientemente en una reunión efectuada a principios de este mes en Lima, Perú, que: “A las organizaciones que realizan protestas, recalcar que estas tienen que ser estrictamente pacíficas y que no pueden promover, incentivar la participación de niños, niñas y adolescentes en este tipo de actos, por lo tanto también hay una responsabilidad de quienes involucran niños, niñas en protestas o los ponen en riesgos al hacerlos participar”.

La entrega de drogas a jóvenes participantes en las “pacíficas protestas”, la mayoría de ellos pagados o atraídos por falsas promesas; la entrada al país de esas drogas, desde territorio colombiano, incluso de la nombrada Captagon o “droga yihadista”, por ser utilizada en Siria e Irak por el llamado Estado Islámico; el apoyo de todo tipo que reciben los grupos paramilitares-mafiosos venezolanos por parte de sus homólogos colombianos, con la poca disimulada complacencia de las autoridades de ese país…; nada de ello es digno de ser debidamente informado.

Cuando el 27 de junio el terrorista Óscar Pérez, quien se hace llamar “guerrero de Dios” secuestró un helicóptero desde el que lanzó granadas y efectuó disparos contra los edificios del Tribunal Supremo de Justicia y del Ministerio del Poder Popular, para las Relaciones Interior, Justicia y Paz, en esa última edificación –que fue impactada por 15 disparos- se encontraban reunidas unas 80 personas, que con motivo del Día Nacional del Periodista agasajaban a un grupo de comunicadores. Ni siquiera por solidaridad profesional se dejaron sentir las condenas de la prensa ante un acto terrorista que puso en peligro la vida de trabajadores del gremio.

Tan descarnado resulta el maridaje entre sectores de la prensa nacional (mayoritariamente oposicionista) y extranjera con los grupos terroristas que estos, antes de cometer sus acciones les avisan para que puedan grabarlas. Tal fue el caso de una bomba detonada al paso de una caravana de motos de la Guardia Nacional, en Caracas, el pasado día 11, con un saldo de 7 uniformados y dos civiles heridos; “casualmente” se encontraban en el lugar, filmando –también “casualmente”- un numeroso grupo de periodistas.

Durante todo el pasado año y lo que va del presente, el gobierno bolivariano ha intentado incluso a través de renombradas figuras internacionales, que la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD) se siente a negociar su participación en las verdaderas salidas democráticas que la Constitución venezolana establece. El gobierno de Nicolás Maduro ha hecho público una y otra vez, que el próximo 10 de diciembre se llevarán a efecto las elecciones para elegir los 23 gobernadores y gobernadoras de los estados y el próximo año se efectuarán los comicios presidenciales (en ambos casos como establecen en tiempo y forma las leyes vigentes).

De nada ha servido la paciencia gubernamental: ni conversaciones serias, ni participación en procesos electorales; en la práctica, sólo la MUD acepta la entrega del poder y el fin de la Revolución Bolivariana. Para ello la oposición venía exigiendo desde 2013 la derogación de la Carta Magna de 1999, catalogada por ellos como chavista, y el llamado a una nueva Asamblea Constituyente.

Ante tanta intransigencia, el gobierno bolivariano tomó la valiente y riesgosa decisión de convocar a una Asamblea Constituyente en medio de la muerte, el terror, el sabotaje y la destrucción, todo esto orquestado por los grupos paramilitares-gansteriles financiados por el imperialismo y la ultraderecha suramericana, no sólo la venezolana.

Aunque desde el primer momento la MUD fue invitada a las reuniones de la Comisión Presidencial que redactaría las bases del proceso constituyente, su negativa a participar y la desaprobación a la convocatoria fue inmediata. Los mismos que hasta esos momentos exigían la convocatoria a una Asamblea Constituyente, ahora se han convertido, demagógicamente, en “defensores” de la Constitución de 1999, que antes atacaban.

Lo que en realidad sucede es que la constituyente a la que aspira la MUD debía salir de las cúpulas de poder y no de las bases, donde ellos no conseguirán nunca hacer política, pues carecen de prestigio. Con su negativa la MUD y sus partidos ultraderechistas se alejan cada vez más del camino político y con ello le han dejado abierto totalmente el espacio al poder originario.

Aunque estoy convencido de que al fascismo no sólo con leyes se le ataja, también lo estoy de que este es un camino válido y verdaderamente democrático para profundizar el proceso revolucionario bolivariano. Creo también que esta estrategia ya era barajada por Hugo Chávez cuando en la toma de posesión de su segundo mandato, en 2007, declaró: “No, el Poder Constituyente no puede congelarse, no puede ser congelado por el poder constituido. […] Algunos autores hablan del carácter terrible del Poder Constituyente. Yo creo que es terrible el Poder Constituyente, pero así lo necesitamos, terrible, complejo, rebelde. No debe someterse el Poder Constituyente […], el Poder Constituyente es y debe ser –compatriotas– potencia permanente, potencia transformadora, inyección revolucionaria para reactivar, muy de cuando en cuando, nuestro proceso bolivariano”.

Hasta el momento se han inscrito 6 120 candidaturas. El 23 de julio se escogerán en asambleas ocho diputados electos entre los pueblos indígenas y el 30 de este mismo mes los 537 restantes, para un total de 545 diputados constituyentistas: 8 indígenas, 173 sectoriales (trabajadores, empresarios, estudiantes, comuneros, campesinos, pensionados, discapacitados, pescadores) y 364 territoriales (1 por municipio, 2 por capitales de estados y 7 por el Distrito Capital).

En medio de estas luchas, un nuevo frente de combate se ha abierto con la evidente traición de la Fiscal General de Venezuela, Luisa Ortega; la misma que cuando los disturbios de 2014, que entonces causaron 43 muertes, mostró su eficiencia en el encausamiento de asesinos y delincuentes, incluyendo a uno de sus principales líderes, Leopoldo López, ahora utiliza el poder de su cargo para entorpecer  pesquisas y encausamientos, a la vez que posa junto a opositores, se reúne con sus dirigentes y, en su demagogia, se hace defensora a ultranza de la Constitución de 1999, que según ella no se debe reformar porque es perfecta.

Ya sea porque hay mucho dinero para comprar conciencias o porque en su vanidad se ve como una posible alternativa de poder, a Luisa Ortega no puede calificarse de desertora, como es tratada por la “gran prensa”. La posición por ella asumida tiene otro nombre: traición.

Toda esta trama mafiosa, esta guerra de cuarta generación, esta guerra no convencional, o como quiera llamársele, es creada para generar un clima de ingobernabilidad con el fin de justificar una intervención extranjera, dada la imposibilidad de tomar el poder a través de un golpe militar -hasta ahora la reacción ha fracasado en ese intento-, o de ganar en elecciones, pues la oposición se encuentra dividida, sus dirigentes enfermos de mezquinas ambiciones y desprestigiados ante un pueblo que sólo ve en ellos a oportunistas y asesinos.

Uno de sus dirigentes, el diputado opositor, por el partido ultraderechista Primero Justicia, Juan Requesens no se anduvo con ambages cuando el pasado 5 de julio dijo en la Universidad Internacional de Florida (patrocinada por el Comando Sur de EE.UU.) que: “Para llegar a una intervención extranjera tenemos que pasar esta etapa”.

Después de revelar que la oposición discute un plan para paralizar por completo el país, Requesens fue enfático al afirmar: “Empresa que no se pare que sus trabajadores no vaya y si quieren ir los trabajadores y trabajar su empresa, pues está trancado y no llegan. Eso tiene sus pro y sus contra. Hay gente que se molesta, pero señores el 16 de julio quedarían 14 días para la constituyente y ya no tenemos nada que perder”.

Ese mismo diputado fascista declaró al diario miamense El Nuevo Herald que forma parte de ese plan el obstaculizar las vías de distribución de alimentos.

Resulta imprescindible, cuando claramente ya en Venezuela se le ven las garras al fascismo, no dejarse confundir por la dictadura mediática y levantar un muro de solidaridad en torno a la Revolución Bolivariana. De la misma manera que en el siglo XIX las huestes de Bolívar abrieron en Suramérica el camino de la primera independencia, en este siglo le ha correspondido a las de Chávez iniciar el de la segunda y definitiva independencia ¡No los dejemos solos!

A pueblo venezolano, humildemente aconsejamos que estén atentos, que recuerden que el imperialismo busca desesperadamente un nuevo Pinochet y le recordamos que son válidos aquellos versos del enorme César Vallejo cuando cantó a los españoles:

¡Cuídate, España, de tu propia España!

¡Cuídate de la hoz sin el martillo,

cuídate del martillo sin la hoz!

Eddy E. Jiménez

TITULARES

-A no callar los actos de terrorismo. Por Juan Carlos Monedero

– Golpe fascista en marcha, como en Chile. Por Gustavo Espinoza M.

La falacia de llamar dictadura a lo que hay en Venezuela.

-Venezuela y Estados Unidos: pulseada por el petróleo. Por Marcelo Colussi

A no callar los actos de terrorismo

Por Juan Carlos Monedero

Cada vez que toleramos en Venezuela la quema de instituciones, la violencia callejera, los asesinatos, el asaltos a instalaciones militares, el desconocimiento de las leyes, nos estamos haciendo un enorme daño a nosotros mismos.

Nunca escarmentamos en cabeza ajena. Quizá por eso los ricos cada vez son más ricos y los pobres cada vez más pobres. Ya en el siglo XVI se preguntó un joven francés por qué los pobres escogen a sus verdugos. Le echó la culpa a la rutina. En Venezuela rompe la rutina un helicóptero robado y piloteado por un golpista que dispara contra el Tribunal Supremo de Justicia, unos opositores que prenden fuego vivo a un chavista, gente que odia tanto a Maduro que disparan desde las ventanas de los barrios caros y matan a los suyos.

Cuando Ulises y su tripulación llegaron a la isla de la hechicera Calipso, el problema no fue la hermosura del paisaje o la suculencia de los manjares, sino que la búsqueda de la patria había sido derrotada por la desmemoria. La maldición del olvido detiene el viaje. Sin memoria no hay proyecto y sin historia la nave se queda parada en un lugar sin gloria. En Venezuela llevan más de diez años repitiendo un manual de guerra escrito en las cancillerías imperiales.

Ocurrió en España en julio de 1936, cuando las potencias occidentales decidieron abandonar a la II República argumentando que se había escorado a la izquierda. Ocurrió en septiembre de 1973, cuando las democracias occidentales decidieron abandonar al Chile de Allende y el Frente Popular porque la Guerra Fría dictaba sus claves. Lleva pasando en Venezuela desde diciembre de 1998 cuando Hugo Chávez rompió la maldición que condenaba a la soledad a Venezuela y a América Latina y el “mundo libre” entendió que la libertad no se comparte con las mayorías.

El modelo neoliberal no aguanta. Por eso cada vez está más violento. Y por eso las victorias cada vez son más luminosas.

Ahí está Lenín Moreno en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. Ahí está Jeremy Corbyn en Gran Bretaña, Bernie Sanders en Estados Unidos, Podemos en España, como señales que avanzan frente a la decadencia de Theresa May, la insania de Donald Trump o la corrupción de Mariano Rajoy. Ahí están igualmente los pueblos alzados de América Latina enfrentados al corrupto Temer en Brasil, al envilecido Macri en Argentina, al peluche Peña Nieto en México o al mentiroso de Santos en Colombia. Y también están en las calles de Santiago defendiendo el Frente Amplio o en las calles de Caracas sosteniendo el gobierno de Nicolás Maduro porque saben que los corsarios de la oposición vienen con el cuchillo en la boca y pasaporte norteamericano.

En Caracas hay un choque de legitimidades: el Legislativo no reconoce al Ejecutivo, y el Ejecutivo busca salidas que todavía tiene que explicar mejor. También en España hay un choque de legitimidades. El gobierno catalán no reconoce la Constitución española ni las órdenes emanadas del gobierno. El gobierno de Rajoy apela a la ley en España. Calla sin embargo cuando la oposición comete actos de terrorismo en Venezuela. La oposición venezolana está buscando un golpe de Estado como en España en el 36, en Chile en el 75, en Venezuela en 2002. ¿Por qué calla la OEA? ¿Por qué calla Estados Unidos? ¿Por qué calla España? Solo hay una explicación: tienen una comunidad de intereses con los terroristas venezolanos. Es impensable que en España alguien contrario al gobierno robara un helicóptero y l anzara granadas y disparara contra instituciones del Estado. Sería señalado como un intento de golpe de Estado y como un acto de terrorismo. La Unión Europea se pronunciaría. Las policías se pondrían en alerta para detener a los terroristas. Pero Almagro calla, Rajoy calla, Trump calla. ¿Qué comparten con los golpistas?

Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío no dije nada… Así explicó el clérigo Martin Niemöller el nazismo. Cuando se dieron cuenta era demasiado tarde. Cualquier demócrata que calle ante lo que está sucediendo en Venezuela está comportándose como aquellos temerosos alemanes.

Sólo hay una solución en Venezuela: paz, diálogo y respeto a la ley. Y los opositores que están anegando una salida, que no son todos los que se sienten contrarios al gobierno de Maduro, debieran saber que en ningún lugar del mundo pueden tener favor ni apoyo. Cada vez que un gobierno recibe a golpistas, cada vez que un gobierno silencia actos terroristas, cada vez que una democracia mira para otro lado ante actos contrarios a la democracia, cada vez que toleramos en Venezuela la quema de instituciones, la violencia callejera, los asesinatos, el asaltos a instalaciones militares, el desconocimiento de las leyes, nos estamos haciendo un enorme daño a nosotros mismos. Es legítima y necesaria la oposición a cualquier gobierno. Pero cuesta demasiado levantar una democracia para no darnos cuenta de que hay en marcha un intento claro de tumbarla en Venezuela. Y si cae Venezuela, los autori tarios de siempre en América Latina creerán que les ha llegado la hora de la venganza.

Ha pasado en muchos otros lugares en muchos momentos de la historia. Hay gente en Venezuela que quiere salir del gobierno de Maduro con un golpe de Estado, con una guerra civil como en Libia o en Siria, con una golpe parlamentario como en Brasil. Es momento de que cada demócrata del mundo deje claro que eso no puede ocurrir con su silencio.

Fuente: Pagina 12, Buenos Aires

 

Golpe fascista en marcha, como en Chile

Por Gustavo Espinoza M.

Cada día luce más clara la ofensiva reaccionaria contra el pueblo de Venezuela, impulsada por el gobierno de los Estados Unidos, y ejecutada por los núcleos contra revolucionarios internos.

Y cada día crece en el mundo la campaña de los medios de comunicación orientada a desacreditar a la administración de  Caracas, aislar a su gobierno y a su pueblo para descalificar su obra.

En países como el nuestro, esa campaña llega a extremos ridículos y aún demenciales. Ya debiéramos estar acostumbrados a eso.

La denominada “prensa grande” que embellece al rostro del Imperio cuando Donald Trump ataca Siria, o lanza “la madre de las Bombas” sobre los túneles rocosos de Afganistán; se rasga las vestiduras cuando la Policía Nacional Bolivariana dispersa a una troupe de provocadores que buscan sembrar el caos en las calles de la capital venezolana.

Algún periodista amigo se preguntó recientemente cómo reaccionaría la policía norteamericana si en las inmediaciones de la Casa Blanca una cantidad de manifestantes incendiara edificios públicos, quemara vehículos del Estado, atacara a policías uniformados y lanzara piedras y bombas explosivas contra  ciudadanos indefensos que transitaran despreocupadamente por la zona.

Y también podría preguntarse cómo actuaría el Poder establecido en Washington si los manifestantes insultaran al Jefe del Estado, quemaran la bandera del país o bloquearan las pistas de acceso a las instalaciones del gobierno ¿Acaso  se limitaría a observar los hechos con calma y resignación?

Veamos las cosas como son: En Venezuela se mantuvo durante décadas un régimen de dominación oprobioso. En algunos años, éste estuvo  representado por dictaduras genocidas, como la de Marcos Pérez Jiménez; y en otros por políticos traidores y extremadamente corruptos como Caros Andrés Pérez.

Ni en una ni en otra circunstancia, el mundo conoció una campaña de desestabilización política más agresiva y dura que ésta. Y en ningún u otra coyuntura, el gobierno de los Estados Unidos amenazó con agredir al pueblo como lo hace ahora, violando groseramente la soberanía del Estado Venezolano.

Pero en Caracas ya se han conocido episodios de violencia que han superado todos los límites imaginables: en abril del 2002, una gavilla de traidores derrocó al Presidente Constitucional de la República  Comandante Hugo Chávez Frías y hasta pretendió asesinarlo.

No fue “El Universal” de Caracas el que protestó y denunció tales hechos Ni fue la Casa Blanca la que exigió restituir el orden constitucional violado groseramente esa circunstancia.

Fue el pueblo de Caracas el que salió a las calles para restablecer  enérgicamente el imperio de la ley, y restaurar en el país los mandos del proceso liberador que había iniciado.

La segunda gran  asonada, ocurrió en abril del 2014 cuando la oligarquía caraqueña, derrotada en  las elecciones nacionales de ese año, pretendió deponer -sin  lograrlo- al gobierno del Presidente Nicolás Maduro Moros.

Incluso exigió que gobiernos extranjeros desconozcan la voluntad popular expresada en las urnas, valiéndose para ese efecto, de aviesas acciones terroristas que generaron un  centenar de muertos e inmensos daños materiales.

Esta, es la tercera ocasión en la que se plantea el mismo tema. Y ocurre en una circunstancia en la que ésta Derecha reaccionaria interna busca interrumpir el mandato Constitucional y acortar la gestión de las autoridades electas, imponiendo  por la fuerza -y capricho- un supuesto “adelanto de elecciones”,  cuyo resultado habrán de desconocer si les fuera desfavorable.

En verdad, lo que hay en Venezuela hoy no es una confrontación entre el Gobierno y la Oposición.  Lo que hay es una acción sediciosa organizada y promovida por fuerzas que no se resignan a perder sus privilegios y que están dispuestas a incendiar el país -si fuera necesario-, con tal de no ceder posiciones. Anhela retornar a los tiempos de antaño en los que vivían holgada y parasitariamente de la renta petrolera, y a la sombra del amo yanqui.

Solo que esta vez, para lograr sus propósitos, no será necesario sólo derrocar a un gobierno. Tendrán que pasar por encima del pueblo venezolano si lo que quieren es recuperar los mecanismos de dominación  que detentaron antes.  Y eso implicará aplastar a millones de gentes dispuestas a  dar la vida por la liberación y el progreso.

Cuando un país ha avanzado por una ruta liberadora, la restauración del “antiguo régimen” no ocurre siquiera en los términos de antaño. Cuando la camarilla militar de Castillo Armas depuso al  gobierno de Jacobo Árbenz, debió impulsar una ofensiva que duró más de   cincuenta años,  y que costó la vida a casi 200 mil guatemaltecos. Y cuando logro derribar en Chile al gobierno de la Unidad Popular, no lo  hizo para restaurar “la democracia formal”, teóricamente amenazada por Salvador Allende y sus compañeros, sino para imponer un régimen fascista que duro 17 años y que asesinó y masacró a decenas de miles de chilenos, a m&aacu te;s de robar millones de dólares al Estado.

En nuestro propio país, restaurar el Poder Oligárquico cuestionado por el gobierno progresista de Velasco Alvarado, generó lo que todos conocemos como “los años de la violencia”. Dos décadas de terror en las que perdieran la vida más a 70 mil peruanos.

Porque lo saben, las fuerzas progresistas del planeta –como Jan Luc Melenchón, en Francia- no solo rinden homenaje a Fidel Castro, sino que también defienden a Maduro y a su gobierno sin mostrar cobardía, y sin hacer concesiones a la reacción.

En  cambio en el Perú hay quienes -en nombre de una falsa “modernidad” de la izquierda- temen dar la cara para defender al proceso bolivariano de Venezuela porque creen que eso les habrá de “restar votos” en las próximas elecciones; y más bien se suman a los bramidos de la reacción “condenado” la “dictadura” venezolana.

Con el claro propósito de embellecer su imagen ante los predios de los explotadores, deslindan  en nombre de una “democracia” que no les pertenece porque es, finalmente, la dictadura de clase de la burguesía ejercida contra el pueblo trabajador.

Lo que hoy hay en Venezuela es un  Golpe Fascista en Marcha. Él se propone no restaurar la supuesta “democracia” hoy en peligro; sino  simplemente destruir las conquistas sociales alcanzadas por el pueblo venezolano y arrasar con los trabajadores y sus derechos.

Por  lo pronto  ya dicen que ellos  fueron “regalados” por un  gobierno “populista” que buscaba “congraciarse” con la población. Hay que eliminarlos, entonces. El precio, será la sangre a borbotones.

En el Perú acaba de anunciarse con gran  boato que el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski entregará 12 mil viviendas a los afectados por los recientes “desastres naturales”. En Venezuela, el gobierno entregó un millón cuatrocientos mil viviendas a la población, a más de muchos otros beneficios materiales y legales ¿Cómo se hará para  arrebatar eso a millones?

El pueblo venezolano no caerá, por cierto; pero incluso si esto ocurriera, no será ese el fin de la historia venezolana. Es una cosa que deben  tenerla muy en cuenta los que hoy -por oportunismo o por miedo- se suman a la prédica facciosa en nombre de la “democracia”.

Parodiando a Vallejo cuando hablaba de la heroica España de los años 30, podríamos decir Si Caracas cae -es un decir- “salid niños del mundo;  Id a buscarla!”

Gustavo Espinoza M. es miembro de Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera.

Fuente: Rebelión

 

La falacia de llamar dictadura a lo que hay en Venezuela

En entrevista para teleSUR, el profesor e investigador Matías Bosch Carcuro analiza la actual situación en Venezuela, marcada por las recientes movilizaciones de calle de la derecha, que en los últimos días ha auspiciado vandalismo y focos de violencia en diversos puntos del país.

– ¿Cómo procedería un régimen dictatorial ante las protestas que se tornan violentas?

La nueva matriz de opinión construida por los dirigentes de la MUD, apoyados por las grandes transnacionales de la comunicación, es que en Venezuela hay una “dictadura”, contando además con el aval del Secretario General de la OEA, Luis Almagro, quien intentó establecer oficialmente que en Venezuela había un quiebre del orden constitucional. Lo primero es tomar con pinzas el concepto de dictadura. En algún momento hasta Simón Bolívar fue dictador, y no por eso alguien justificaría hoy su derrocamiento.

Las dictaduras y su significado conocido en América Latina data del siglo XX, sobre todo de la segunda mitad del mismo, época en la cual no hubo en muchos países la menor tolerancia a la disidencia y la discrepancia, un gobernante o junta de gobierno se erigieron en poderes absolutos, y los derechos individuales fueron violados a gran escala. Cuando ello ha ocurrido, jamás un grupo de opositores hubiese podido participar en elecciones, ganarlas, ser reconocidos, ocupar puestos públicos, tener partidos, periódicos, canales de televisión, etc.

Cuando Lilian Tintori quiere hacerse pasar por la esposa de Martin Luther King olvida que King nunca hizo como Leopoldo López, llamar al derrocamiento de un gobierno, y que un grupo de sicarios lo asesinó, mientras López gozó de un juicio transparente y apegado a la ley. Lo que pasa en Venezuela no es ni parecido a lo que hace la policía en Chile ni Nueva York, y nadie acusa a Bachelet ni a Obama ni Trump de ser dictadores.

En México, Colombia y Honduras todas las semanas asesinan dirigentes y activistas y nadie acusa a sus gobiernos de lo que se acusa al gobierno de Venezuela. Hay una falacia total en llamar “dictadura” a lo que hay en Venezuela, y un doble estándar terrible. A mí me parece que se falta el respeto a los miles y miles de víctimas y familiares de víctimas que en América Latina han padecido dictaduras, torturas, ejecuciones y destierros, cosa que Capriles, Borges, Ramos Allup ni Tintori han soñado padecer. Tintori se ha sacado fotos con presidentes, mientras en Chile las viudas de ejecutados políticos aún buscan sus huesos en las arenas del desierto.

– ¿Por qué los dirigentes opositores no confían en los llamados a diálogo del Gobierno venezolano, incluso cuando hay mediadores del Vaticano, expresidentes de otras naciones y organismos como Unasur?

No pueden confiar, porque eso significaría, principalmente, atenerse a las reglas del juego democrático, que el primero que las desconoció fue Henrique Capriles en 2013, cuando tildó al gobierno electo de Nicolás Maduro como “ilegítimo”, llamó a militares a insubordinarse y a la población “descargar la arrechera”, lo que derivó en las guarimbas de 2013 y siguieron luego en las de 2014.

Como ellos no creen en las reglas de ganar y perder, de aceptar las reglas y aceptar las instituciones, mucho menos pueden dialogar, que sería, una vez aceptadas las normas y reglas del juego, poder entenderse y tener canales fluidos de cooperación y colaboración entre poderes, primero, y entre litorales políticos, después.

Ellos no van a dialogar porque no aceptan a Chávez, no aceptan a la Revolución, y mucho menos aceptan a Maduro. Ellos sólo aceptan que el chavismo sea anulado en la Historia de Venezuela, como una pesadilla para los privilegios que siempre gozaron y que creen se merecen por designio divino.

En ese sentido, es increíble que logren convencer a parte de la población de una vocación democrática y política que no tienen, gente que creían en los crímenes de la Cuarta República y creyeron en los métodos del golpe de 2002. Si han logrado persuadir a parte de los venezolanos sólo se debe a la crisis económica y comercial de los últimos dos años, y la han capitalizado e instrumentalizado, cuando todos sabemos que si ellos hubiesen gobernado, esa crisis hubiese sido mucho peor.

– ¿Es posible que, manteniendo a los opositores en las calles, el Gobierno venezolano dimita?

Nicolás Maduro y el gobierno bolivariano no van a dimitir. Eso es imposible. Sería violar la Constitución, la legalidad, y sería concederle a la derecha de la MUD un derecho que no tiene. Si quieren llegar a la presidencia de la República, que compitan legalmente en 2018. Hay que decirlo: la derecha venezolana y latinoamericana es golpista, no es verdad que creen ni que respetan la Constitución, todo esto es puro montaje. Ellos son lo que hicieron en 2002: su proyecto es barrer con el gobierno, con los poderes públicos, la Constitución, las políticas de 2000 hasta aquí, y restaurar un gobierno de élites, que garantice que las riquezas son para unos pocos. Y eso no se les puede conceder, bajo ningún concepto. Si todo se resolviera con una renuncia, las cosas fueran muy simples.

Pero la pugna de lo que hoy es la MUD con el gobierno bolivariano no es por la falta de productos básicos ni por medicinas, es por un modelo de país. Ahí hemos visto a Capriles con Macri, hemos visto a Lilian Tintori haciendo campaña para Guillermo Lasso en Ecuador. Eso es lo que creen, lo que persiguen. Esto no es que hayan elecciones para resolver una determinada crisis, eso es una vulgar pantalla. Si ellos quieren imponer su proyecto, pues que esperen a elecciones presidenciales de 2018, que convenzan a la mayoría de los venezolanos y compitan limpiamente con votos, que no esperen que el pueblo y su gobierno les entregue el poder “porque se lo merecen como un don de clase”.

– ¿Por qué en el extranjero no se condenan las guarimbas? ¿Por qué lo que es considerando vandalismo en el exterior es mostrado por los medios de comunicación como actos de heroísmo en Venezuela?

Como decía más arriba, hay un doble estándar terrible. En Chile y en Argentina hay presos políticos de los cuales no se habla. En Estados Unidos se mata a ciudadanos negros. En España y Europa se apalea sin piedad a los protestantes, por cosas mucho menores que lo que hacen los encapuchados en Venezuela. Pero eso se debe a que las transnacionales de las comunicaciones, las empresas de persuasión de masas, responden a un interés empresarial. Su interés es demostrar con fotos y relatos que lo de Venezuela es un proyecto fallido, un fracaso total, y que es un mal ejemplo para los demás países, y crear las condiciones que justifiquen si un golpe de Estado se llega a ejecutar.

Frente a eso, hay que denunciar la situación calamitosa de los Derechos Humanos en todo el continente, mostrar lo que hace la policía y los paramilitares en México, Brasil, Colombia, Honduras, Guatemala, República Dominicana, mostrar lo que se hace a los mapuches en Chile, y mostrar que en Venezuela no se reprime la libre expresión, sino que la violencia se desata por grupos organizados, desde 2002, para llevar la situación de toda protesta al límite de la crisis social.

Es un plan muy bien estudiado, muy bien implementado, y curiosamente manipula lo que hicieron históricamente las dictaduras de derecha para adjudicárselo ahora a la democracia revolucionaria en Venezuela. Por eso es muy importante que las verdades que se detecten inmediatamente se difundan por las redes sociales que es la forma en que desde afuera podemos ayudarles.

Fuente: Telesurtv.net

 

Venezuela y Estados Unidos: pulseada por el petróleo

Por Marcelo Colussi

Estados Unidos es, por lejos, el país de todo el mundo que consume la mayor cantidad de petróleo. Entre su enorme parque industrial, la inconmensurable cantidad de vehículos particulares y medios masivos de transporte que movilizan a su población y el monumental aparato militar de que dispone (más su reserva estratégica, calculada en 700 millones de barriles), su consumo diario de oro negro ronda los 20 millones de barriles. Quien le sigue, la República Popular China, llega apenas a la mitad de esa cifra: unos 10 millones de barriles diarios.

Esa cantidad monumental de hidrocarburos la produce el mismo país en su subsuelo: aproximadamente el 60% de ese petróleo sale del mismo Estados Unidos. De hecho, es uno de los más grandes productores mundiales de ese producto. Pero tanto es su consumo, que el 40% de lo que quema diariamente proviene de fuentes externas. Contrariamente a lo que la percepción generada por los medios de comunicación puedan hacer creer, de este total de petróleo importado, la mayor parte no viene de Medio Oriente y el Golfo Pérsico (que aporta un 35% de las importaciones) sino del Hemisferio Occidental (65%): Canadá, México, Colombia, Brasil, Ecuador y Venezuela. De hecho, este último provee alrededor de un 12% de lo que se consume en la potencia norteamericana.

El interés prioritario del gobierno de Estados Unidos por mantener bajo control el Medio Oriente, África y Latinoamérica radica en las reservas petrolíferas que allí se encuentran (más otras reservas estratégicas, como gas, agua dulce, determinados minerales, biodiversidad de las pluviselvas tropicales). Venezuela, para su desgracia, posee las más grandes reservas petrolíferas del mundo, al menos de las conocidas hasta ahora.

¿Por qué para su desgracia? Por dos motivos: el primero (que no es el del interés prioritario en el presente análisis, pero que no puede soslayarse), porque durante todo el siglo XX la existencia de esta riqueza llevó a impulsar un capitalismo rentista que impidió un desarrollo armónico, equilibrado y sostenible en el tiempo. De hecho, este recurso natural generó una aristocracia petrolera que vivió parasitariamente por décadas, sin producir ninguna otra cosa que burocracia, al lado de grandes mayorías paupérrimas, quitándole al país la posibilidad de impulsar una industria propia, e incluso un agro autosuficiente.

Esa cultura rentista-urbana ayudó a despoblar las áreas rurales creando ciudades como Caracas, verdaderos monstruos urbanísticos que dieron cobijo a miles y miles de desplazados internos que venían en busca del paraíso de esta supuesta bonanza económica que traía el “dinero fácil”, pero que no sirvió más que para crear un sociedad bastante disfuncional, plagada de Miss Universos y adoración por Miami y el despilfarro, pero sin base de sustentación genuina más allá de los petrodólares, junto a barriadas populares paupérrimas añorando alguna migaja del famoso “derrame”. Esa cultura rentista que se extendió por décadas, hedonista incluso, dio como nefasto resultado no producir más alimentos sino contentarse (¿enorgullecerse?) con importarlos. La seguridad alimentaria es una condición mínima e indispensable para la autonomía de un país; y Venezuela, tierra tropical sumamente fértil, pese al flujo interminable de divisas provenientes del petróleo, nunca la logró. Años de proceso bolivariano no han conseguido terminar con la dependencia del oro negro (aproximadamente la mitad de su ingreso sigue siendo la cuenta petrolera).

Pero el segundo motivo por el que hablar de desgracia para la suerte de los venezolanos es el estar asentados sobre una reserva fabulosa. Por lo pronto, los petróleos bituminosos de la Franja del Orinoco aseguran abastecimiento, al ritmo mundial actual de consumo, por lo menos para 50 años más.

La estrategia imperial de Washington sabe que necesita petróleo para el mantenimiento de su “american way of live” (léase: consumo desenfrenado, que no cesa a pesar de la crisis que se vive desde el 2008). Ese consumo necesita en forma creciente del petróleo. El capitalismo, pese a saber de la catástrofe ecológica que este modelo de desarrollo suscita, no puede parar en su voracidad, dado que en su arquitectura interna necesita del oro negro como savia vital. “Así como los gobiernos de los Estados Unidos [y otras potencias capitalistas] necesitan las empresas petroleras para garantizar el combustible necesario para su capacidad de guerra global, las compañías petroleras necesitan de sus gobiernos y su poder militar para asegurar el control de yacimientos de petróleo en todo el mundo y las rutas de transporte” (James Paul, en el informe del Global Policy Forum).

La cultura del petróleo, que no es sino decir “el capitalismo”, se alimenta de este producto de manera imprescindible. Van indisolublemente asociados. El Socialismo del Siglo XXI no pudo (no quiso, no supo) cambiar esa tendencia.

La desgracia para Venezuela es que las reservas de petróleo que no están bajo suelo estadounidense, para Washington es como si estuvieran. Dicho de otra forma: la prosperidad de la principal potencia capitalista necesita esas reservas al costo que sea. Eso explica la volatilidad suprema del Medio Oriente, con un Israel que juega el papel de “sucursal hiper armada” de Estados Unidos (con poder nuclear no declarado oficialmente), las continuas e interminables guerras en África sub-sahariana, y la agresividad sin par demostrada contra Caracas. ¿Por qué? Porque ahí está parte del reaseguro de esa forma de vida (irracional e irresponsable) que generó el capitalismo. Que la degradación ambiental generada por los gases del efecto invernadero negativo producto de la quema de petróleo nos estén ahogando, al capitalismo no le importa. Business are business.

Venezuela, con su Revolución Bolivariana iniciada con Hugo Chávez, no es, en sentido estricto, un país socialista donde terminó de una vez el capitalismo. Así como no lo son –o son procesos complejos, confusos a veces– otros modelos sociales populares y nacionalistas que han tenido o están teniendo lugar en Latinoamérica en estos últimos años, que le hacen alguna cosquilla al capitalismo o al imperialismo: Brasil con el PT, Argentina con Kirchner o Fernández, Bolivia con Evo Morales, Ecuador con Correa. En la Franja del Orinoco, en Venezuela y en el medio de la Revolución Bolivariana, siguen operando compañías multinacionales privadas, que repatrian ganancias a sus casas matrices, como las estadounidenses Chevron/Texaco o la Exxon/Mobil, la británica British Petroleum, la anglo-holandesa Royal Dutch Shell, la francesa Total, la ar gentina Pérez Companc, la española Repsol. De hecho, el gobierno bolivariano fijó en un 50% de lo facturado las regalías que esas empresas deben pagar al Estado venezolano.

Entonces, si las multinacionales petroleras no han cerrado su negocio en Venezuela, y aún con esa alta carga impositiva continúan operando muy felices, ¿por qué esta agresividad tan grande de Washington hacia la Revolución Bolivariana?

El analista político colombiano-venezolano Ramón Martínez lo dice claramente: “Hay una intención de la derecha internacional de detener cualquier proceso de democratización popular, de avance hacia planteos sociales que le den protagonismo a los trabajadores, por lo que se hace cualquier cosa para detener esos cambios, tal como vemos que se está realizando en Venezuela (…). La idea es sacar de en medio cualquier proceso que se plantee soberanía nacional. Sabemos que ninguno de estos son gobiernos socialistas en sentido estricto; no son marxistas en sentido clásico, pero sí impulsan mejoras para las grandes mayorías populares. No son gobiernos que llegaron a través de una revolución socialista, pero sí están en contra de las políticas imperiales. Esto le duele a la derecha, y aquí en Venezuela, aunque las grandes emp resas mantienen sus negocios, han salido de la dirección política del país. Eso es algo que no perdonan, y por eso mismo el imperio también reacciona”.

Si algo le preocupa a esa geoestrategia de la clase dirigente estadounidense es que no tiene totalmente asegurado el manejo de esa gran reserva de Venezuela (como pareciera que lo sí lo tiene en el Golfo Pérsico). No contar con un gobierno dócil, que se arrodilla mansamente ante su dictado, es una bomba de tiempo. De ahí la obsesión por detener la Revolución Bolivariana a toda costa, primero con Chávez en la presidencia, ahora con Nicolás Maduro.

La estrategia de Washington no repara en nada para lograr su objetivo. En Venezuela, salvo la opción militar, ya ha probado de todo: intento de golpe de Estado, sabotaje petrolero, violencia callejera, desabastecimiento y mercado negro, caos social, desinformación mediática. Desde hace un tiempo se está intentando crear una “crisis humanitaria” generalizada. En realidad, el país no vive la situación caótica que la prensa comercial presenta, pero es sabido –siguiendo al ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels– que “una mentira repetida mil veces termina transformándose en una verdad”, por lo que la matriz de opinión lanzada al público hace de Venezuela un “desastre inhabitable”.

“Venezuela atraviesa un período de inestabilidad significativa el año en curso debido a la escasez generalizada de medicamentos y comida, una constante incertidumbre política y el empeoramiento de la situación económica”, declaró recientemente el Jefe del Comando Sur, Almirante Kurt W. Tidd, en su informe al Comité de Servicios Militares del Senado estadounidense. De ahí que, según la estrategia en marcha, “la creciente crisis humanitaria en Venezuela podría obligar a una respuesta regional”, agregó el funcionario. ¿Habrá que entender eso como “posibilidad de una intervención militar multinacional encabezada por la OEA”? No sería impensable, sabiendo el papel (triste y lamentable) jugado por ese organismo regional, “Ministerio de Colonias de Washington”, como lo llamara el Che Guevara.

Es más que claro que hay un plan trazado en las altas esferas decisorias de Estados Unidos para intervenir en Venezuela, según puede desprenderse de ese largo historial de sabotajes y agresiones, y también según lo que puede leerse en un documento que circula en la red: “Plan para intervenir a Venezuela del Comando Sur de Estados Unidos: Operación Venezuela Freedom-2”, firmado por su titular, el Almirante Kurt W. Tidd, fechado en febrero de 2016. Perder esas estratégicas reservas petroleras no entra en su lógica de dominación.

El supuesto “caos” y la insoportable y vergonzosa “crisis humanitaria” que viviría el país caribeño, en realidad no son tales. Son producto de esa interesada y artera manipulación mediática que prepara condiciones para acciones políticas (¿o militares?). En ese sentido, y con la más absoluta energía, debe denunciarse el plan en juego y pedirse (exigirse) el total respeto a la soberanía de la República Bolivariana de Venezuela.

Fuente: HISPANTV NOTICIAS

 

 

2017-08-07T10:46:40+00:00 03 / 08 / 2017|De Nuestra América|

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