NÚMERO 77

DE NUESTRA AMÉRICA

TITULARES

-EDITORIAL

-Obama y la economía cubana: Entender lo que no se dijo. Por Agustín Lage Dávila

-Postales de La Habana. Por: Alejandro Fierro

-El arribo a La Habana confirmó que la política de Washington fracasó. Por David Brooks

-Ecos del viaje de Obama: Argentina vuelve a hablar de TLC con Estados Unidos. Por Juan Manuel Karg

-Obama en Argentina. Visitando el centro del mundo. Por Aníbal Garzón Baeza

EDITORIAL

Obama: de La Habana a Buenos Aires.

La comida típica cubana es el cerdo asado, acompañado de arroz blanco, frijoles negros, yuca con mojo (sofrito con ajo, cebolla y naranja agria), plátano a puñetazos (patacones) y alguna ensalada (preferiblemente de tomate o aguacate). No obstante, en su discurso en La Habana, el presidente norteamericano Barack Hussein Obama elogió y exaltó a lo más alto del podio a la Ropa Vieja, plato que aunque también en Cuba goza de popularidad no pasa de ser uno más dentro del arte culinario de la Isla.

Al error anterior (parece que sus asesores desconocen la gastronomía cubana) seguramente hay que agregar que el actual inquilino de la Casa Blanca desconoce, también sus asesores, que para que la Ropa Vieja resulte apetitosa, la carne utilizada debe ser suave y jugosa, lo que sólo se consigue si proviene de una res joven; nueva, por llamarla de otra forma. Es que la carne de un buey viejo, por mucha olla de presión que se le aplique e infinidad de sazones que se le agreguen, nunca alcanzará la idónea textura.

Esos pormenores gastronómicos, que sólo tienen consecuencias en el degustar de cada individuo, resultan muy graves errores cuando son trasladados a la política y eso fue lo que le aconteció a Obama. En política, por muchos aderezos y azúcares que se utilicen en un discurso, si la estrategia continúa invariable la táctica para alcanzar el objetivo suele estar embadurnada de hiel o de endulzante sintético.

Si la embadurnan en hiel, como sucedió en los primeros 55 años de la Revolución Cubana, sólo los mercenarios la alabarán y la declararán amigable; si le untan endulzante, a los mercenarios se le sumarán los siempre existentes oportunistas y demagogos, así como algunos incautos y confundidos, pero nunca los cubanos y cubanas que conocen muy bien, como para no dejarse confundir con extraños sabores, la dulzura de la verdadera azúcar de caña cubana.

Reconocemos que, pese a los errores culinarios, el bien estudiado discurso del presidente Obama en el Gran Teatro de La Habana fue también bien escrito por sus asesores y su histrionismo le permitió, con el apoyo de los modernos teleprompters traídos de Washington, presentarse ante el pueblo cubano como una figura “simpática” y “amable”; sin embargo, pocos son los que creyeron en la “rosa blanca” (parafraseando un poema del Héroe Nacional cubano, José Martí) que dijo ofrecer al pueblo cubano en “saludo de paz” y es que simplemente, la carne de su Ropa Vieja procede de una res anciana a la que le untó endulzante sintético (de mala calidad, además).

Cualquier observador político pudo apreciar claramente que su discurso, más allá de algunas intromisiones en los asuntos internos del país que lo acogía (lo que ya de por si resulta insultante), llevó implícito en todo momento mensajes que en nada varían la esencia de la política imperial estadounidense hacia Cuba, a la vez que confirman las directrices hacia toda Latinoamérica y el Caribe.

El mensaje central y más peligroso de su intervención, a teatro lleno y televisada a toda Cuba y al mundo, fue: “Es hora ya de olvidarnos del pasado, dejemos el pasado, miremos el futuro, mirémoslo juntos“.

Conocen muy bien los ideólogos del imperialismo que un pueblo que olvida su historia nunca tendrá futuro y a eso invitó Obama al pueblo cubano.

El mismo Presidente que en varias ocasiones ha declarado que el pueblo estadounidense nunca olvidará el 11 de septiembre, convoca a los cubanos a olvidar el atentado contra el vapor La Coubre, la invasión por Playa Girón, la voladura en pleno vuelo, en Barbados, de un avión comercial de Cubana de Aviación, la guerra bacteriológica, el bloqueo de más de 50 años, las más de 3 400 muertes provocadas por el terrorismo de estado aplicado contra Cuba por  los gobiernos estadounidenses,….

A su favor resulta cierto, como él mismo ha repetido hasta la saciedad, que cuando triunfó la Revolución Cubana aún no había nacido, pero también resulta cierto que él es hoy el presidente de su país, por lo que le corresponde, para bien o para mal, asumir la responsabilidad de los gobernantes que le antecedieron y al menos, genérica y mesuradamente, condenar en su discurso al terrorismo en todas sus formas y venga de donde venga.

Al cubano que posea aunque sea un ápice de sensibilidad patriótica y a la mayoría le abunda, le tiene que haber resultado chocante que Obama condenara al inicio de su discurso los, sin dudas, abominables atentados terroristas acontecidos en Bruselas y “olvidara” los más de 55 años de política terrorista contra Cuba y que demagógicamente dijera a los ciudadanos de esta pequeña Isla, a la que no se le puede acusar de un solo acto terrorista que: “Tenemos que luchar contra el terrorismo”.

También resulta demagógico e indignante que el vocero del imperio haya venido a hablar en Cuba sobre derechos humanos, donde no se reportan desaparecidos, asesinatos extrajudiciales, torturas…, cuando su país ha promovido y aún promueve golpes de estado que han costado la vida a cientos de miles de latinoamericanos y caribeños. Pese al asedio de todo tipo, incluyendo el bloqueo, Cuba es el país del área donde más se respetan los derechos humanos.

¿De que derechos humanos puede hablar Obama a los cubanos cuando en la única zona de la Isla donde desde hace años se asesina, tortura y se violan todos los derechos humanos es en la base naval estadounidense de Guantánamo, ocupada contra la voluntad del pueblo cubano? Igualmente, porque él entonces no había nacido, “olvidó” Obama que desde 1901 -en que el entonces presidente estadounidense, McKinley, convirtió en ley de los Estados Unidos a la Enmienda Platt, que dio cobertura “legal” a la ocupación de esa parte del suelo cubano-,  el pueblo ha reclamado esa usurpada porción del territorio nacional.

Por cierto, en su marketing, Obama respondió la carta de una cubana capitalina que lo invitaba a tomar café en su casa. Lamentablemente, parece haber olvidado responder la misiva que el 5 de octubre de 2010 le envió, solicitándole sean enjuiciados los criminales que se pasean por las calles estadounidenses, el comité de familiares de las víctimas del acto terrorista contra el avión cubano, en Barbados, que costó la vida es a 73 personas, 57 de ellos ciudadanos cubanos, incluyendo al equipo nacional juvenil de esgrima.

Una larga y mentirosa perorata también dedicó Obama a lo que los creadores de opinión estadounidenses llaman “empoderamiento” del pueblo cubano: ¡El futuro de Cuba tiene que estar en manos del pueblo cubano! “Estados Unidos no tiene ni la capacidad ni la intención de imponer cambios en Cuba, los cambios dependen del pueblo cubano. No vamos a imponer nuestro sistema político y económico, porque conocemos que cada país, cada pueblo debe forjar su propio destino”, dijo.

Estas afirmaciones, para el consumo de la opinión pública mundial, sólo serían medianamente creíbles si paralelamente su gobierno hubiese decidido eliminar del presupuesto anual de la nación los 20 millones de dólares dedicados, públicamente, a la subversión interna en Cuba (sin contar los presupuestos secretos). Es más, no pasaron tres días de concluir su visita a Cuba, cuando el Departamento de Estado asignó 753.989 dólares a la formación de “jóvenes líderes emergentes de la sociedad civil cubana”, ya que según la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado: “La sociedad civil cubana no está formada por organizaciones bien establecidas que normalmente se encontrarían en una sociedad con una fuerte tradición democrática“.

¿De qué empoderamiento habla el Departamento de Estado; de empoderar a los mercenarios? ¿Quién le dijo al Departamento de Estado que Cuba va a ceder al gobierno estadounidense el derecho de formar a sus jóvenes?

Olvida el gobierno norteamericano que el verdadero empoderamiento del pueblo cubano aconteció el Primero de Enero de 1959, cuando el tirano Fulgencio Batista, apoyado por el gobierno de los EE.UU., huyó ante el empuje del Ejército Rebelde. Por cierto, para no olvidar la historia, debemos recordar que en esa guerra de liberación la Base Naval de Guantánamo sirvió de punto de apoyo a tropas de la tiranía, incluyendo a su Fuerza Aérea, que masacró a la población civil violando todos los derechos humanos.

Todo en el discurso de Obama estuvo muy bien pensado para estimular la subversión interna: contraponer a los jóvenes frente a las anteriores generaciones, presentar a la propiedad privada como la solución del problema económico, en contraposición a la economía estatal, exaltar la sociedad de consumo….

En síntesis, los reconocimientos a los indiscutibles logros alcanzados por la Revolución Cubana, admitidos por Obama, fueron usados para “equilibrar” su discurso pues demagógicamente, mientras elogiaba a la salud pública cubana y reconocía incluso su papel internacionalista, omitía la existencia de un programa de visados especiales para los médicos que abandonen sus misiones en otros países.

Un intento de exhaustiva disección de los mensajes directos o subliminales en la comparecencia de Obama, conllevaría a un estudio mucho más extenso que su propio discurso. No obstante, queda claro que nada ha cambiado en la estrategia de los círculos de poder que Obama representa, en el sentido de destruir a la Revolución Cubana y, además, de que estamos en presencia de un intento por compaginar la política hacia Cuba con la adoptada por los EE.UU. para el resto de Latinoamérica y el Caribe: destruir desde adentro los procesos revolucionarios y progresistas en la región, valiéndose de la guerra psicológica y la desinformación.

¿Pudiera hablarse de que la visita de Obama a Cuba formó parte también de un intento por dividir al movimiento progresista latinoamericano y caribeño, al tratar de presentar a un David aceptando zanahorias de manos de Goliat? Si fuese así, una vez más del imperio se equivocó: invitado por el gobierno cubano visitó el país el presidente venezolano Nicolás Maduro, dos días antes de que lo hiciera Obama. El mensaje fue muy claro, por lo que sobran las explicaciones: a un hermano nunca se le dan las espaldas y mucho menos cuando es víctima de la infamia.

Pero si alguien tuviese dudas sobre que nada ha cambiado en la política del gobierno estadounidense, no sólo hacia Cuba sino también hacia toda Latinoamérica y el Caribe, habría que preguntarse la causa por la que decidió visitar Argentina tras su viaje a Cuba en vez de escoger a uno de sus aliados suramericanos más cercanos. Los gobernantes  de Colombia, Perú o Chile, miembros de la Alianza del Pacífico, se hubiesen sentido muy alagados con su visita.

A ese país austral se llegó Obama con el claro propósito, nada es casual, de brindar su apoyo al recién estrenado gobierno neoliberal de Mauricio Macri, empeñado en desmontar todos los avances sociales que durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner (2003-2015), logró el pueblo argentino.

Fue justamente el 24 de marzo, cuando se cumplían 40 años del golpe de estado que sumió a Argentina (1976 -1983) en una feroz dictadura que costó la vida a más de 30.000 personas, el día escogido para arribar a Buenos Aires.

En Cuba, Obama caminó por las calles de La Habana y conversó con sus habitantes; él y su familia disfrutaron de los manjares criollos (como la Ropa Vieja); asistió a un juego de béisbol, junto a 55.000 espectadores. “La bestia”, como bautizaron los siempre jocosos cubanos al auto blindado en que se desplazaba el mandatario, sólo para ello sirvió pues, pese a los años de hostilidad de los gobernantes de su país hacia Cuba, su seguridad estaba garantizada por pueblo que ama la paz.

En Argentina “La bestia” se convirtió en su refugio más seguro; de su puerta trasera hasta la puerta del lugar visitado sólo tenía que caminar muy pocos metros.

Junto a su colega argentino, Mauricio Macri, visitó el Parque de la Memoria de Buenos Aires, donde aparecen los nombres de los desaparecidos; allí pese a ser el gobierno norteamericano el autor intelectual de esta asonada golpista y el coordinador del Plan Cóndor, que conectó y asesoró las políticas represivas de todas las dictaduras de Suramérica, Obama no pidió disculpas por las atrocidades que el país que hoy preside alentó y apoyó. El pequeño Obama era entonces un adolescente; ésa podría haber sido su disculpa.

Por cierto, se dice que Macri – cuya familia se enriqueció a la sombra de la dictadura militar- nunca había puesto sus pies en el Parque de la Memoria.

Nada de pueblo en su entorno y sí mucho repudio; junto a Obama no quisieron estar las madres y las abuelas de la Plaza de Mayo y es lógico; de los 500 casos estimados de apropiación de menores, tras los asesinatos de sus progenitores, ellas aún buscan a 381 nietos.

No cabe la menor casualidad, para el imperio nada es casual. La visita de apoyo a Macri en una fecha tan señalada y a un país en que su expresidente Néstor Kirchner, junto a Hugo Chávez y Lula Da Silva, jugaron un importante papel en sepultar en 2005 (precisamente en Argentina, en la ciudad de Mar del Plata) el intento estadounidense de convertir a todo el continente en un mercado común, es una evidente señal de que, para usar sus términos, los gobiernos estadounidenses jamás buscarán empoderar a los pueblos y sí, siempre, a los monopolios.

En lo que a mi respecta, no tengo la menor duda de que la estrategia del imperialismo es destruir la naciente integración latinoamericana y caribeña y para ello utilizarán a las nuevas autoridades argentinas, que ya comienzan a socavar a la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y al Mercado Común del Sur (MERCOSUR).

Si para lograr sus objetivos fuesen necesarios nuevos golpes de estado y nuevos planes cóndores, los voceros de los grandes intereses imperiales del mundo (apellídense Obama, Clinton, Trump o Cruz) les darán su aprobación y los justificarán a nombre de la tan llevada y traída democracia. Estamos en presencia de un problema de sistema y no de apellidos.

Eddy E. Jiménez

Obama y la economía cubana: Entender lo que no se dijo

Por Agustín Lage Dávila*

TUVE la oportunidad de participar en varios encuentros con la delegación que acompañó al presidente Obama y escucharlo en tres intervenciones; y siento ahora el deber de compartir con mis compañeros lo que interpreté de lo que se dijo, y también de lo que no se dijo, pues en política lo que se deja de decir suele ser tan importante como lo que se dice.

Hay dos direcciones complementarias de pensamiento para interpretar esta visita y todo el proceso de intento de normalización de las relaciones: interpretar lo que significa para una valoración del pasado, e interpretar lo que significa para una proyección hacia el futuro.

De cara al pasado es evidente que el proceso de normalización recién iniciado en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos hay que interpretarlo como una victoria mayúscula del pueblo revolucionario y socialista cubano, de sus convicciones, de su capacidad de resistencia y sacrificio, de su cultura, de su compromiso ético con la justicia social; así como también como una victoria de la solidaridad con Cuba de América Latina.

Hay cosas que nos resultan tan evidentes a los cubanos que a veces olvidamos subrayarlas.

  • Se inició esta normalización en vida de la generación histórica que hizo la Revolución, y conducida por líderes de esa misma generación.
  • Implicó un reconocimiento de la institucionalidad revolucionaria cubana, reconocimiento que no hubo hacia el Ejército Libertador en 1898, ni hacia el Ejército Rebelde en 1959 (sí lo hubo, sin embargo, hacia las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Batista).
  • Incluyó un reconocimiento explícito de los logros de la Revolución, al menos en Educación y Salud (que fue lo que se mencionó)
  • Incluyó un reconocimiento explícito a la ayuda solidaria de Cuba hacia otros pueblos del mundo, y su aporte a causas nobles tales como la salud mundial, y la eliminación del apartheid en África.
  • Incluyó una aceptación explícita de que las decisiones sobre los cambios y los modelos socioeconómicos en Cuba corresponden exclusivamente a los cubanos, que tenemos (hemos ganado) el derecho a organizar nuestra sociedad de manera diferente a como otros lo hacen.
  • Implicó la declaración del abandono de la opción militar y subversiva, así como la intención de abandonar la coerción, como instrumentos de la política norteamericana hacia Cuba.
  • Expresó el reconocimiento del fracaso de las políticas hostiles contra Cuba de las administraciones precedentes, lo que implica (aunque no fuese declarado así) el reconocimiento de resistencia consciente del pueblo cubano, ya que las políticas hostiles solamente fracasan ante las resistencias tenaces.
  • Reconoció el sufrimiento que el bloqueo ha causado al pueblo cubano.
  • No partió este proceso de concesiones cubanas en uno solo de nuestros principios. Tampoco en los reclamos de cese del bloqueo y devolución del territorio ilegalmente ocupado en Guantánamo.
  • Incluyó el reconocimiento público de que los Estados Unidos estaban aislados en América Latina y en el mundo por su política hacia Cuba.

No creo que haya nadie medianamente lúcido e informado en el mundo que pueda interpretar este proceso de normalización en curso como otra cosa que no sea una victoria de Cuba en su diferendo histórico con los Estados Unidos.

De cara al pasado es esa la única interpretación posible.

Ahora bien, de cara al futuro las cosas son más complejas, y hay al menos dos interpretaciones extremas posibles, y sus variantes intermedias:

  • La hipótesis de la conspiración perversa.
  • La hipótesis de las concepciones divergentes sobre la sociedad humana.

En las calles de Cuba se discute hoy sobre ambas. Alerto al lector en este punto que no voy a argumentar por ahora a favor o en contra de una de estas dos hipótesis, o de las combinaciones diversas de ambas. Los acontecimientos futuros se encargarán de hacerlo, y cada cual sacará «sus propias conclusiones» en este «pasaje a lo desconocido».

Quienes se adhieren a la hipótesis de la conspiración perversa ven las palabras del presidente Obama como una falsa promesa o un sutil engaño que responde a un plan concebido para que abramos las puertas al capital norteamericano y a la influencia de sus medios de comunicación; para que permitamos la expansión en Cuba de un sector económicamente privilegiado, que con el tiempo se iría transformando en la base social de la restauración capitalista y el renunciamiento a la soberanía nacional. Serían los primeros pasos del camino de retorno hacia la Cuba de ricos y pobres, dictadores y mafiosos, que teníamos en los años 50.

Los cubanos que piensan así, tienen derecho a hacerlo: hay muchos hechos en la historia común que justifican esa enorme desconfianza. Son conocidos y no necesito enumerarlos aquí.

Mucha gente recuerda la famosa frase atribuida al presidente Franklin D. Roosevelt cuando dijo del dictador nicaragüense Anastasio Somoza: «Tal vez Somoza sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta».

Ciertamente ni el presidente Obama, ni las actuales generaciones de norteamericanos de buena voluntad (que hay muchos) tienen la culpa, como personas individuales, de las primeras etapas de esa trayectoria histórica. Pero también es innegable que esa historia está ahí, y que impone condicionamientos a lo que ellos pueden hacer, y a nuestra manera de interpretar lo que ellos hacen. Los procesos históricos son mucho más largos que una vida humana, y eventos ocurridos hace muchas décadas influyen en nuestras opciones de hoy, porque condicionan actitudes colectivas que tienen una existencia objetiva, relativamente independiente de las ideas y las intenciones de los líderes.

Aún distanciando al presidente Obama de las políticas agresivas e inmorales de administraciones precedentes, que organizaron invasiones, cobijaron terroristas, estimularon asesinatos de líderes cubanos e implementaron el intento de rendir por hambre al pueblo cubano; aún estableciendo esa distinción, no se puede olvidar que Obama solo no es la clase política de los Estados Unidos. Hay muchos otros componentes del poder ahí, que siempre han estado presentes, lo están hoy, y lo estarán cuando termine el mandato de Obama dentro de algunos meses, y en el futuro previsible. Los estamos viendo en la campaña electoral en curso.

Para ser honesto con todo el que lea esta nota, debo reconocer que el presidente Obama no dio aquí la impresión de ser el articulador de una conspiración perversa, sino la de ser un hombre inteligente y culto, que cree en lo que dice. Lo que sucede entonces es que las cosas en las que él cree (con todo su derecho) son diferentes a las que creemos nosotros (también con todo nuestro derecho).

Esa es la segunda hipótesis, la de las concepciones divergentes sobre la sociedad humana, las cuales fueron muy evidentes en todos los momentos de la visita a Cuba del presidente Obama y su delegación, en todo lo que se dijo, y también en lo que se dejó de decir.

Fue muy claro que la dirección principal de la relación de los Estados Unidos con Cuba estará en el campo de la economía, y dentro de este, la estrategia principal será relacionarse con el sector no estatal y apoyarlo.

Fue muy claro, en el discurso y en los mensajes simbólicos, en tomar distancia de la economía estatal socialista cubana, como si la propiedad «estatal» significase propiedad de un ente extraño, y no propiedad de todo el pueblo como realmente es.

En la necesidad de que exista un sector no estatal en la economía cubana no tenemos divergencias. De hecho la expansión del espacio de los cuentapropistas y las cooperativas es parte de la implementación de los Lineamientos surgidos del 6º Congreso del Partido. Donde está la divergencia es en el rol que debe tener ese sector no estatal en nuestra economía:

  • Ellos lo ven como el componente principal de la economía; nosotros lo vemos como un complemento al componente principal que es la empresa estatal socialista. De hecho, hoy ese sector no estatal, si bien se acerca a ser el 30 por ciento del empleo, no alcanza a aportar el 12 por ciento del PIB, lo que indica su carácter limitado para la generación de valor agregado.
  • Ellos lo hacen equivaler a «la innovación»; nosotros lo vemos como un sector de relativamente bajo valor agregado. La innovación está en la alta tecnología, la ciencia y la técnica, y sus conexiones con la empresa estatal socialista. El espíritu innovador del pueblo cubano se expresó en estos años de muchas otras maneras, tales como el desarrollo de la biotecnología y sus medicamentos y vacunas, la formación masiva de informáticos en la UCI, la agricultura urbana, la revolución energética y otros muchos logros del periodo especial, nada de lo cual se mencionó en los discursos de nuestros visitantes.
  • Ellos ven el emprendimiento privado como algo que «empodera» al pueblo; nosotros lo vemos como algo que empodera a «una parte» del pueblo, y relativamente pequeña. El protagonismo del pueblo está en las empresas estatales, y en nuestro gran sector presupuestado (que incluye la salud, la educación, el deporte, la seguridad ciudadana) que es donde se trabaja realmente para todo el pueblo y donde se genera la mayoría de la riqueza. No se puede aceptar el mensaje implícito de hacer equivaler el sector no estatal con «el pueblo cubano». Eso no fue dicho de esa manera tan brutal, pero se interpreta del discurso de una forma demasiado clara.
  • Ellos separan tácitamente el concepto de «emprendimiento», y el de propiedad estatal. Nosotros vemos en el sector estatal nuestras principales opciones de emprendimientos productivos. Así lo explicamos en el Foro de empresarios al ilustrar la organización en que trabajo (El Centro de Inmunología Molecular) como «una empresa con 11 millones de accionistas».
  • Ellos ven al sector no estatal como una fuente de desarrollo social; nosotros lo vemos en un rol doble, pues también es una fuente de desigualdades sociales (de lo que ya tenemos evidencias, como ilustran los recientes debates sobre los precios de los alimentos), desigualdades que habrá que controlar con una política fiscal reflejo de nuestros valores.
  • Ellos creen en la función dinamizadora de la competencia (aunque este concepto ha sido cuestionado ya incluso por ideólogos serios de la economía capitalista). Nosotros conocemos su función depredadora y de erosión de la cohesión social, y creemos más en la dinámica que proviene de programas de país.
  • Ellos creen en que el mercado distribuye eficientemente la inversión respondiendo a la demanda; nosotros creemos que el mercado no responde a la demanda real, sino a la «demanda solvente», y profundiza las desigualdades sociales.
  • Ellos se apoyan en la trayectoria desarrollo empresarial de los Estados Unidos, cuya economía despegó en el siglo XIX, en condiciones de la economía mundial que son irrepetibles hoy. Nosotros sabemos que las realidades de los países subdesarrollados de economía dependiente son otras, especialmente en el siglo XXI, y que el desarrollo económico y científico-técnico no ocurrirá a partir de pequeños emprendimientos privados en competencia, ni intentando reproducir la trayectoria de los países hoy industrializados, con 300 años de diferencia. Sería la receta de la perpetuación del subdesarrollo y la dependencia, con una economía diseñada como apéndice y complemento de la economía norteamericana, cosa que ya ocurrió en el siglo XIX, cuando esa dependencia nos sumió en el monocultivo y cerró el camino de la industrialización. Para entender eso sirve la Historia, y por ello no podemos olvidarla.

Emprender el camino de la convivencia civilizada «con nuestras diferencias», implica conocer bien a fondo y por todo el pueblo cubano, dónde es que están esas diferencias, para poder evitar que decisiones puntuales aparentemente racionales ante problemas económicos tácticos, nos puedan llevar a errores estratégicos; y peor aún, que otros nos empujen a ello, a través de las cosas que se dicen y las que no se dicen.

Supimos evitar esos errores en los inicios del período especial, ante la desaparición del campo socialista europeo y la marea ideológica neoliberal de los 90. Sabremos hacerlo mejor ahora.

La convivencia civilizada ciertamente nos aleja del riesgo y la barbarie de la guerra (militar y económica), pero no nos exonera de dar la batalla en el plano de las ideas.

Necesitamos vencer en esa batalla de ideas para poder vencer en la batalla económica.

La batalla económica del siglo XXI cubano se dará en tres campos principales:

1- El de la eficiencia y capacidad de crecimiento de la empresa estatal socialista, y la inserción de esta en la economía mundial.

2-El de la conexión de la ciencia con la economía a través de empresas de alta tecnología, con productos y servicios de alto valor añadido que enriquezcan nuestra cartera de exportaciones.

3-El de la limitación consciente de la expansión de las desigualdades sociales, a través de la intervención del Estado Socialista.

En esos campos se decidirá el siglo XXI de los cubanos.

La batalla de ideas consiste en consolidar pensamiento y consenso sobre hacia donde queremos ir, y sobre los caminos concretos para llegar.

Las aguas del estrecho de la Florida no deben ser un campo de conflicto bélico, y es muy bueno para todos que así sea, pero esas aguas seguirán separando por mucho tiempo dos concepciones diferentes de la convivencia humana, de la organización de los hombres para la vida social y el trabajo, y de la distribución de sus frutos. Y también es muy bueno que así sea. Nuestro ideal de sociedad humana está enraizado en nuestra experiencia histórica y en el alma colectiva de los cubanos, sintetizada magistralmente por el pensamiento de José Martí. Él estudió y entendió mejor que nadie en su tiempo la sociedad norteamericana y dijo: «Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse».

La creencia básica del capitalismo, incluso en los que así lo creen honestamente, es la construcción de prosperidad material basada en la propiedad privada y la competencia. La nuestra se basa en la creatividad movida por los ideales de equidad social y solidaridad entre las personas, incluidas las generaciones futuras. Nuestro concepto de sociedad es el futuro, y aunque el futuro se demore, atrapado en los condicionamientos objetivos del presente, sigue siendo el futuro por el que hay que luchar.

La propiedad privada y la competencia son el pasado, y aunque ese pasado siga existiendo necesariamente dentro del presente, pasado sigue siendo.

Hay que saber siempre ver los conceptos que están detrás de las palabras que se dicen, y las razones que están detrás de las palabras que no se dicen.

La batalla por nuestro ideal de convivencia humana estará en las manos de las actuales generaciones de jóvenes cubanos, que enfrentarán en su tiempo desafíos diferentes a los de las generaciones revolucionarias del siglo XX, pero igualmente grandes y trascendentales, y también más complejos.

Al analizar la complejidad de sus desafíos les confieso que quisiera ingresar otra vez en la Unión de Jóvenes Comunistas, cuyo carnet (Nº 7784, de 1963) tengo ahora mismo sobre mi mesa. Sigo siendo comunista, pero he de aceptar que ya no puedo seguir siendo «joven». Pero sí puedo compartir con los jóvenes el análisis de lo que hoy se dice, y la develación de lo que no se dice, y construir junto con ellos las herramientas intelectuales que necesitamos para las batallas que vienen.

José Martí escribió en abril de 1895: «De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento».

* Destacado científico cubano. Director del Centro de Inmunología Molecular de La Habana.

 

Fuente:  Cubadebate.cu

 

Postales de La Habana

Por: Alejandro Fierro

A apenas unas horas de abandonar la isla, se puede concluir que el resultado de esa visita histórica ha sido bastante desigual.

Obama fue a Cuba persiguiendo una imagen para la Historia. Buscaba su particular “Ich bin ein berliner”, aquel yo también soy berlinés con el que Kennedy se ganó el favor de los habitantes del Berlín Este de la Guerra Fría. O quizás pretendía emular al Bill Clinton que apadrinó el utópico apretón de manos entre Isaac Rabín y Yaser Arafat en los jardines de la Casa Blanca. Como todo presidente de Estados Unidos, quiere dejar una fotografía icónica que recuerde su mandato. Una necesidad tanto más acuciante cuanto su gestión exterior ha estado marcada por sonoros fracasos, desde una política catastrófica en el Norte de África, Oriente Medio y Oriente Próximo que ha conducido a la deflagración de estados otrora estables como Libia, Siria o Iraq hasta los reveses en el Este de Europa de la mano de una Rusia que se mostró inflexible a la hora de impedir intromisiones en su ámbito de influencia. Y en el ámbito interno, las cosas tampoco le han ido mejor, con una salida en falso de la crisis que ha institucionalizado el empobrecimiento de las clases trabajadoras y su derrota en las tres grandes reformas planteadas, la financiera, la migratoria y la sanitaria.

Ante este panorama, qué mejor que volver la mirada hacia el patio trasero, hacia el Caribe, al auténtico Mare Nostrum estadounidense, principio y fin de toda su política exterior desde hace dos siglos. Aunque los focos mediáticos no se centren en otras zonas, Latinoamérica siempre es el principal objetivo geoestratégico de Estados Unidos y la era Obama no ha sido una excepción. Los datos son elocuentes: 76 bases militares desplegadas en el subcontinente –una presencia bélica sin parangón en el resto del mundo; la reactivación de la IV Flota en el periodo 2008-2009; el reforzamiento del Cuartel del Comando Sur, en Florida, con más de 2.000 personas que responden directamente al Pentágono y no a la Casa Blanca (la lógica militar por encima de la política); una actividad incesante de injerencia directa e indirecta para socavar los procesos de emancipación.

En este contexto, Cuba se perfilaba como la despedida por la puerta grande del primer presidente afroestadounidense de la historia. Una vez más, el mensaje que se quería trasladar al mundo es que los Estados Unidos ganaban un adepto más para la causa de la democracia. De nuevo se utilizaba el relato –tantas veces difundido desde las películas de Hollywood– de la cruzada de un individuo en la lucha por la libertad.

A apenas unas horas de abandonar la isla, se puede concluir que el resultado de esa visita histórica ha sido bastante desigual. El acto programado de mayor relieve –más allá del hecho en sí de que un presidente estadounidense pisara suelo cubano por primera vez en 88 años– fue su discurso desde el Teatro Alicia Alonso de La Habana, retransmitido en directo a todo el país. Y fue en esa intervención donde se pusieron de manifiesto todas las contradicciones de la política exterior de los Estados Unidos.

Obama sabía que no se dirigía a un pueblo sojuzgado por una nomenclatura inmovilista y que clama desde hace décadas por libertad, democracia y progreso. Esa descripción es una construcción mediática para consumo de las masas estadounidenses y, en menor medida, de las europeas. También era consciente de que Cuba es una excepción en un ámbito geográfico signado por la más devastadora pobreza. La isla ocupa el segundo lugar en el Índice de Desarrollo Humano dentro de los países latinoamericanos caribeños, superada tan sólo por Panamá pero sin la lacerante desigualdad de la patria de Torrijos. En el conjunto del subcontinente ocupa la quinta plaza, por delante de México, Colombia o Perú, países con un sistema democrático bendecido por la Casa Blanca.

Ante esta realidad, el presidente norteamericano sólo pudo vender las supuestas bondades de un formalismo democrático basado únicamente en elecciones, apelaciones a la potencialidad de la gente pero siempre desde lo individual –con su tradicional recurso autoreferencial de la llegada de una persona negra a la Casa Blanca como prueba del sueño americano– y un concepto de apertura laxo que no llegó a concretar. Paradójicamente, los mayores aplausos no se produjeron con esta “oferta democrática”, sino cuando se mostró a favor de acabar con el bloqueo económico.

Sucedía que Obama no se dirigía a un auditorio –no a los presentes en el teatro, sino al país entero que estaba escuchando sus palabras– ignorante y acrítico. La formación del pueblo cubano hunde sus raíces en una ingente labor educativa de décadas. Una labor educativa entendida no sólo como la capacitación para el desempeño profesional sino como la conformación de una actitud crítica hacia lo político y lo social. Que el pueblo cubano demanda cambios es evidente, pero lleva siendo así desde los inicios de la Revolución, en un diálogo continuo, a veces transformado en áspera discusión, entre el pueblo y una dirigencia que surge de ese pueblo (de ahí lo infructuoso de poner como ejemplo de las ventajas capitalistas el hecho de que un afroestadounidense llegue a ser presidente; es algo que los cubanos saben y experimentan desde hace sesenta años). Lo que no quieren los cubanos es que el todopoderoso vecino les imponga cómo tienen que ser esos cambios y hacia dónde.

Latinoamérica ha experimentado una profunda transformación en este siglo XXI. Siguiendo cierta estela cubana, los procesos de emancipación han significado la toma de conciencia de grandes franjas de los sectores populares, rompiendo los siempre estrechos límites de la izquierda politizada e intelectualizada. Los antaño desheredados de Venezuela, Ecuador o Bolivia tienen ya noción de cuál es su condición de clase y por qué. Y la educación, en su acepción más amplia, ha sido determinante para este cambio, absolutamente fundamental para librar la disputa por la hegemonía. Ya nada volverá a ser igual en la región. Puede venir una oleada neoconservadora, se perderán y ganarán elecciones, habrá reflujos involucionistas, pero la correlación de fuerzas es muy diferente de la de aquellos tiempos en los que el capitalismo podía practicar una política de tierra quemada.

A pesar de todas las críticas que se le pueda hacer, la Revolución Cubana fue pionera en la creación de un nuevo paradigma y la forma en la que ha recibido a Obama, con cortesía pero sin humillarse, refleja la dignidad con la que se ha conducido en todo tipo de situaciones, desde las más favorables hasta las más adversas. Obama, por su parte, inició su presidencia con un aparentemente esperanzador discurso en El Cairo que después traicionó y la finaliza con una alocución que ya sabía fracasada de antemano. Llegó buscando esa foto histórica y se marchó con una simple colección de postales de La Habana, cual turista despistado. Y para colmo de males, el atentado en Bruselas le robó la atención informativa.

Fuente: TeleSur: http://www.telesurtv.net/opinion/Postales-de-La-Habana-20160324-0037.html.

 

El arribo a La Habana confirmó que la política de Washington fracasó.

Por David Brooks

 La opinión pública estadounidense, clave en la reapertura

Mientras Barack Obama insta al cambio en Cuba durante su visita, la política de normalización de relaciones con La Habana proviene más bien de cambios dentro de Estados Unidos, no en la isla.

De hecho, el mandatario estadounidense llegó a la isla socialista desde un país envuelto en un pugna sobre su futuro donde, además de una amenaza semi-fascista, millones de ciudadanos están respondiendo a un llamado a una revolución política y muchos se identifican o dicen que tienen una visión favorable del socialismo.

En el caso de Cuba, vale subrayar que tal vez ningún otro país del mundo en desarrollo ha tenido tal presencia, provocado tanto temor y furia dentro del país más poderoso del mundo a lo largo de las pasadas décadas.

Pero hoy día, después de medio siglo de políticas enmarcadas en la guerra fría, una amplia mayoría de los estadounidenses –62 por ciento– favorecen el restablecimiento de relaciones bilaterales como positivo para Estados Unidos, y 55 por ciento ven con buenos ojos el fin del bloqueo contra Cuba, reveló una encuesta de CBS News/New York Times.

No es nuevo. En tiempos recientes hasta 73 por ciento aprobaron una apertura de la relación y 72 por ciento se oponían al embargo en un sondeo del Centro de Investigación Pew, en julio de 2015.

Más aún, por primera vez una mayoría de estadounidenses (54 por ciento) tienen una percepción favorable de Cuba, según una encuesta de Gallup realizada en febrero pasado, un giro dramático, luego de que en 1996 sólo 10 por ciento decían eso.

Pero tal vez su aspecto más sorprendente es que en la capital anticastrista, en Miami, la mayoría de cubano-estadounidenses están en favor de la normalización de relaciones e incluso el fin del bloqueo. De este grupo, 56 por ciento apoyan la reanudación de relaciones diplomáticas y, por primera vez, 53 por ciento ven con buenos ojos levantar el bloqueo, según una encuesta de Bendixen & Armandi, de diciembre de 2015.

El cambio de la postura de Estados Unidos hacia Cuba tiene mucho que ver con el cambio demográfico dentro de este país, sobre todo en la comunidad cubano-estadounidense.

Por un lado, las nuevas generaciones de cubano-estadounidenses nacidas en Estados Unidos no comparten la historia ni las perspectivas de sus padres, y menos de sus abuelos, en torno a la isla, y con ello se ha desmoronado el monopolio político tan dominante de los días en que la Fundación Nacional Cubanoestadounidense y su jefe, Jorge Mas Canosa, imponían la línea no sólo en Miami, sino en Washington (es cuando se decía que la política estadounidense hacia Cuba era una política hacia Miami).

El número de latinos de herencia cubana asciende a 2 millones; 57 por ciento son inmigrantes, con una nueva ola de inmigrantes, más de medio millón que han llegado desde 1990, reporta el Centro Pew.

Las nuevas olas de inmigrantes de Cuba no llegan por razones políticas, sino por necesidades económicas, y no comparten la visión de su país con los anticastristas antiguos.

El giro en la opinión pública, el cambio demográfico y las presiones de un amplio abanico de las cúpulas políticas, económicas y sociales del país han hecho posible que un presidente estadounidense pise territorio cubano.

Desde hace unos años varios legisladores federales y gobernadores de ambos partidos, la Cámara de Comercio de Estados Unidos, la Iglesia católica y otras denominaciones religiosas, entre otros, han promovido la reanudación de relaciones y el levantamiento del bloqueo.

Vale recordar que la visita a Cuba del ex presidente Jimmy Carter en 2002, y sus llamados subsecuentes a normalizar la relación, fueron potentes en promover el cambio en Washington. Con eso, entre otras cosas, se pudo finalmente confesar en la Casa Blanca y otras partes de la cúpula política lo que ya todos sabían: la política estadounidense a lo largo de más de 50 años ha fracasado. Hoy lo reiteró Obama en La Habana: Lo que hicimos durante 50 años no sirvió a nuestros intereses ni los intereses del pueblo cubano.

Pero en este momento también se debe recordar a los que buscaron promover un cambio en la política estadounidense cuando no sólo no tenían el respaldo de sectores de la cúpula, sino cuando hacerlo implicaba riesgo de violencia física, amenazas, atentados, investigaciones por autoridades secretas, y hasta muerte.

Desde disidentes cubanos dentro de Miami –entre los lugares más peligrosos para romper la línea establecida por la cúpula anticastrista– hasta sectores académicos, religiosos, artísticos y de agrupaciones solidarias participaron desde los años sesenta en enfrentar la política estadounidense contra Cuba desde dentro de este país.

La lista es larga, pero entre las aportaciones de los cubano-estadounidenses está la Brigada Antonio Maceo, los valientes intentos por romper el monopolio sobre los medios en Miami, como lo fueron Radio Progreso y publicaciones como Progreso Semanal y Areito.

Una de estas voces claves es la del abogado y analista José Pertierra, quien entre otras cosas fue uno de los abogados de Elián González y encabezó la persecución legal contra Luis Posada Carriles a nombre de la justicia venezolana, quien ayer comentó a La Jornada que con la visita de Obama la intención de Estados Unidos sigue siendo el cambio de régimen, pero, así como anteriormente Cuba supo construir trincheras para protegerse de Estados Unidos, ahora sabe construir puentes sólidos para controlar la nueva estrategia estadounidense.

Más allá de la comunidad cubano-estadounidense, también hubo esfuerzos solidarios, desde las Brigadas Venceremos hasta más recientemente las caravanas contra el bloqueo de Pastores por la Paz, más la aportación de grupos latino-estadounidenses como el Instituto William C. Velasquez (WCVI), quienes llevaron a líderes latinos locales a conocer Cuba y promover el cambio de la política estadounidense.

Esfuerzos realizado por músicos como Ry Cooder en proyectos tan exitosos como Buena Vista Social Club, David Byrne y su producción de dos discos de música cubana llamados Bailando con el enemigo, y proyectos como Playing for change, junto con la continuación del diálogo entre artistas, han tenido un papel mucho más poderoso de lo que parece en crear otra visión entre ambos pueblos.

Es el cambio en Estados Unidos, más que cualquier cambio en Cuba, el que permitió que Washington superara su propia política y cambiara tanto dentro como fuera su relación con Cuba, y que hoy permitió que un presidente estadounidense pisara la tierra de Martí.

Fuente: La Jornada.

 

Ecos del viaje de Obama: Argentina vuelve a hablar de TLC con Estados Unidos.

Por Juan Manuel Karg*

El título más importante de la reciente visita de Barack Obama se resume en pocas palabras: EE.UU. busca un nuevo Tratado de Libre Comercio con Argentina. Apenas una década después del traspié de George W. Bush en Mar del Plata, a manos del tridente Kirchner-Chávez-Lula, la política exterior norteamericana apunta a que la Argentina de Macri sea el ariete para modificar la correlación de fuerzas en el Mercosur.

Ocurre que el bloque nacido en 1991, en pleno auge neoliberal y con presidentes de esa orientación, es paradójicamente la traba más importante para que Buenos Aires firme un TLC con Washington. Ningún país puede firmar un acuerdo de ese tipo en soledad: deben tener el visto bueno del conjunto de los miembros. El retrasado acuerdo Mercosur-UE, cuyas negociaciones se iniciaron en 1999, demuestra esas complejidades de forma explícita. Por ello la canciller Malcorra habla de “flexibilizar” el Mercosur, o para decirlo con más claridad, que el bloque deje de ser lo que actualmente es, abriéndose paso tanto a EEUU como a la Alianza del Pacífico (y por ende al TPP, donde participan ambos).

Tiene sintonía con lo planteado por Macri en la conferencia de prensa junto a Obama, cuando habló de una “apertura de agendas” respecto a un acuerdo bilateral, tras lo cual destacó que se “deberá fortalecer el Mercosur y después pensar en un acuerdo más amplio”. Pero Obama fue más allá, afirmando que EE.UU. y Argentina “van a identificar todas las áreas donde hay barreras que han impedido el progreso de nuestra relación comercial” para luego afirmar que el objetivo de fondo era “elaborar un acuerdo de libre comercio”.

EE.UU. parece confiado en que un hipotético cambio de gobierno “constitucional” en Brasil y Venezuela permita que la correlación de fuerzas al interior del Mercosur termine siendo favorable a sus intereses librecambistas. Si ese plan no funciona, buscará que al menos el bloque modifique la necesidad de un acuerdo de todos los miembros para vincularse comercialmente con otros países o bloques. Hay una normativa que le dificultará la tarea: la Resolución del Grupo Mercado Común Nro 35/92, donde se reafirma “el compromiso de los Estados Partes del Mercosur de negociar en forma conjunta acuerdos de naturaleza comercial con terceros países o agrupaciones de países extra zona en los cuales se otorguen preferencias arancelarias”. En ese sentido, la incorporación de Bolivia como miembro pleno del Mercosur podría complejizar aún más los intereses de los aperturistas, que igualmente no darán el brazo a torcer a mediano plazo.

En definitiva, mientras buena parte de los medios concentrados argentinos quedaba cautivada por el baile de tango de Obama, o anunciaba con notas de color lo que el presidente norteamericano comería en el país, en la Casa Rosada avanzaba un plan para que el país intente firmar -ya sea con el Mercosur o alejándose de este si las presiones así lo ameritan- un nuevo TLC con la aún primera potencia mundial. Como se ve, un cambio rotundo a la política exterior que enterró el ALCA en noviembre de 2005 en la Ciudad de Mar del Plata.

Para finalizar hay que destacar un elemento adicional: la motivación de fondo de EE.UU. en el actual contexto internacional es avanzar en la firma de tres tratados comerciales globales (TPP, con América Latina y Asia Pacífico; TTIP, con Europa; y TISA, un megacuerdo de servicios). Además de las “ventajas comparativas” de la economía norteamericana con las economías periféricas, el trasfondo de los tres tratados es inequívoco: no dejar que China, segunda economía mundial y locomotora del BRICS junto a Rusia e India, dictamine las reglas del comercio global. En ese sentido, de la mano de EE.UU., Argentina estaría ingresando en una silenciosa disputa con el bloque de países emergentes, aliado hasta fines de 2015 del país.

Lo vertiginoso del cambio llama la atención: en apenas meses Buenos Aires pasó de pedir el ingreso al bloque BRICS a intentar avanzar en un nuevo TLC con EE.UU., que permita asimismo que el país avance hacia el eje Alianza del Pacífico/TPP. Como se ve, un cambio rotundo en el plano de las relaciones exteriores. ¿Hasta donde llegará? El tiempo, y también la correlación de fuerzas a nivel regional, dirá.

*Juan Manuel Karg es Licenciado en Ciencias Políticas, Universidad de Buenos Aires / Periodista. Investigador del Centro Cultural de la Cooperación, Argentina / Maestrando en Estudios Sociales Latinoamericanos UBA.

Fuente: TeleSur

Obama en Argentina. Visitando el centro del mundo.

Por Aníbal Garzón Baeza

La reciente visita de Barack Obama a Cuba y Argentina parece que ha dejado, no se sabe si con intención estratégica, un desequilibrio sobre la importancia de cada uno de las viajes del Presidente norteamericano.

El furor sobre que un Presidente Estadounidense pisase, después de 80 años, suelo cubano ha sido calificado de evento histórico y de suma trascendencia en la geopolítica. Una relación bilateral entre el Imperio de Estados Unidos y la Cuba Socialista que trae en sus manuales históricos (si son de buena historia) palabras clave tan duras como Playa Girón o Bahía Cochinos, la Crisis de los Misiles de Cuba, Bloqueo, Ley Torriceli y Helms Burton, Expulsión de Cuba de la OEA, Guantánamo, 5 cubanos antiterroristas, Vuelo 455 de Cubana Aviación que sufrió atentado terrorista o Posada Carriles, entre otras palabras clave. Por toda esta historia, y es lógico, muchos medios de comunicación y analistas internacionales (con divergentes posiciones) han estado atentos a ese encuentro bilateral. Encuentro que posiblemente perdió alguna portada por el cruento atentado de Bruselas ocurrido en la misma fecha.

Aún así, dada la importancia de la visita de Obama a Cuba no es menos importante su visita a Argentina si miramos más el contenido de futuro cercano que de pasado. Desciframos su por qué.

Desde el nombramiento del conservador neoliberal Mauricio Macri como Presidente de Argentina el pasado 10 de Diciembre, la Casa Rosada busca recuperar su rol de peón del Imperio. Argentina, bajo el mandato de Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández (2007-2015) apostó por una política neodesarrollista y soberana contra las asimetrías neoliberales del “Libre” Comercio que impulsaba Estados Unidos con su proyecto continental ALCA. En 2005 esa postura contraria al ALCA generó consenso en la Unidad Regional del MERCOSUR (compuesta por Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, y posteriormente Venezuela) al llegar gobiernos progresistas liderados por Lula en Brasil o Tabaré Vázquez en Uruguay. El MERCOSUR, a pesar de sus dificultades y conflictos internos, salió reforzada como una estructura regionalista que unificaba a los dos grandes potencias de Sudamérica, Brasil y Argentina, contra los objetivos del Imperialismo Norteamericano y el neoliberalismo. Además se buscaba sumar a nuevos países de América Latina que apostaban por proyectos progresistas y contra el dominio histórico del Norte sobre el Sur; como Bolivia o Ecuador.

Más allá de Latinoamérica, Brasil siendo la primera potencia de América Latina y el país más poblado pasó incluso a ser miembro asociado de una organización internacional que pretende hacer frente a las estructuras históricas occidentales que concentran gran parte del poder político y económico. BRICS, entidad compuesta por potencias emergentes de diferentes continentes para sacar pecho a la dominación de Europa y Estados Unidos, donde participan Rusia, India, China, Sudáfrica y Brasil. BRICS, fundada en 2008, contiene proyectos económicos que apuestan poner en jaque al FMI y BM, como su Nuevo Banco de Desarrollo, o políticos inclinándose por un Sistema Multipolar ampliando miembros del Consejo Permanente de Seguridad de la ONU.

Brasil, un miembro del MERCOSUR y fuerte aliado de Argentina hasta el momento, acaba haciendo el papel de representante latinoamericano en la pugna por un nuevo Sistema Mundial. Incluso, no hay que olvidarse, que Argentina a finales de 2015 obtuvo el respaldo de Rusia para que también pudiera ser integrada a BRICS. Dos países latinos en una misma estructura contrahegemónica.

Volviendo a territorio latinoamericano. Frente a la estructura regional del MERCOSUR, los países sudamericanos que quedaban fuera (ni miembros asociados ni con intención de futura adhesión), eran justamente Chile, Perú y Colombia. Tres países donde la derecha política y sus recetas neoliberales (todos poseen TLCs con Estados Unidos) a favor del ALCA gobernaban institucionalmente con hegemonía según sus particularidades históricas. Además, otra potencia regional y experta en TLCs es México con su firma del TLCAN en 1994 con Estados Unidos y Canadá. Así, en 2012 se funda un nuevo regionalismo, la Alianza del Pacífico, entre estos 4 países neoliberales que buscan hacer frente al proteccionismo del MERCOSUR.

La apuesta de la Alianza del Pacífico, pensada desde Washington, no solamente era una pugna contra el MERCOSUR sino mucho más allá de estas fronteras. Al igual que Brasil como miembro de MERCOSUR se acercó a la contrahegemonía de BRICS, la Alianza del Pacífico era una apuesta a favor de un Tratado de Libre Comercio más extenso a nivel internacional, el Tratado de Asociación Transpacífico (TTP en Inglés).

El TTP fue cerrado el pasado mes de octubre y participan 12 economías del Pacífico que suman el 40% del PIB Mundial. Desde Estados Unidos, Japón, Canadá, Brunei, Australia, Malasia, Nueva Zelanda, Singapur, Vietnam, y tres de los cuatro miembros de la Alianza del Pacífico, México, Perú, y Chile. Un Acuerdo de Libre Comercio que pretende justamente aislar a las potencias mundiales de China y Rusia, dos miembros BRICS.

A todo esto, el acercamiento de Argentina a la política estadounidense lleva consecuentemente una debilidad del MERCOSUR a nivel latinoamericano apostando el gobierno de Macri a estrechar lazos con el regionalismo abierto y neoliberal de la Alianza del Pacífico. Una pérdida de fuerza bilateral entre Brasil y Argentina hace finalmente que BRICS, como quería apostar Rusia, pierda un nuevo aliado transcendental contra el dominio occidental. Además si Argentina establece vínculos con la Alianza del Pacífico indirectamente empieza a fortalecer lazos con los países latinoamericanos que apuestan por el TPP, el proyecto que hace frente a China.

Posiblemente sea verdad esa teoría cartográfica que los “Argentinos están el Centro del Mundo”, pero justo cuando lo son en la esfera de la Geopolítica muchos no se han dado cuenta todavía. Obama parece que sí.

*Aníbal Garzón Baeza es sociólogo y licenciado en estudios internacionales sobre América Latina. Master en Desarrollo Internacional.

Fuente: Leyendo el mundo en tus manos

Deixe o seu comentario