NÚMERO 75

DE NUESTRA AMÉRICA

TITULARES

-EDITORIAL

-La Mesa opositora en Venezuela. Por: Lorena Freitez y Alfredo Serrano Mancilla

-El chavismo ante su prueba más dura y difícil. Por Ángel Guerra Cabrera

Cómo se cocina información amañada contra el gobierno de Venezuela. Por José Manuel Martín Medem

-Balance electoral, razones de la derrota y nuevo escenario. Por Luismi Uharte

-¿Cuáles son los limites de la derecha en América Latina? Por Emir Sader

EDITORIAL

 A más contrarrevolución, más Revolución.

Finaliza 2015  y se inicia 2016 con una muy difícil y compleja situación para el movimiento progresista latinoamericano y caribeño, como consecuencia de la contraofensiva reaccionaria que se desarrolla en toda el área.

Por primera vez desde el año 2000 el Parlamento venezolano tiene mayoría opositora y por segunda vez en quince años y veinte comicios, los adversarios al chavismo logran un triunfo electoral.

La esperada derrota del Gran Polo Patriótico, en el que el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) resulta la fuerza mayoritaria, en las elecciones parlamentarias venezolanas, fue más contundente que lo esperado; se crea así una situación que compromete no sólo las conquistas alcanzadas durante los últimos 15 años, tras la llegada de Hugo Chávez al gobierno, sino también que puede desestabilizar todo el entramado integracionista construido en Nuestra América al influjo de la Revolución Bolivariana.

En síntesis, se han puesto en peligro los postulados o la existencia misma de organizaciones integracionistas, algunas netamente económico-comerciales y otras que iban más allá y se adentraban en lo político y lo social, desde posiciones progresistas, pero todas ellas inclinadas por un común sentido unitario; tales son los casos de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA),  Mercado Común del Sur (MERCOSUR) y Petrocaribe, por citar los ejemplos más connotados.

Cuando en nuestro anterior comentario editorial (No. 74; 1 de diciembre de 2015) nos referíamos a la derrota del Frente para la Victoria, en Argentina, enumeramos algunas causas que la motivaron y que son válidas en cuanto a la derrota de las fuerzas progresistas en las elecciones parlamentarias venezolanas. En aquella ocasión dijimos: “Resulta claro que la llegada al gobierno de una agrupación progresista no significa para nada la llegada al poder.”

También resaltamos que: “Las revoluciones no se hacen a medias; para construirlas se precisa (en este período de las llamadas revoluciones democráticas) apoyarse en el pueblo y así lograr una Constituyente que propicie el cambio de estructuras. Si eso no se consigue, la alternancia entre progresistas y neoliberales  en los gobiernos latinoamericanos será una constante y el desgaste de las fuerzas progresista, tal vez por muchos años, podría ser irreversible.”

 

Pues bien, en el caso venezolano si existió una Constituyente (no así en el caso argentino) que redactó una nueva carta magna que propiciaba el cambio de estructuras; esa Constitución fue aprobada por el pueblo, en 1999; y sin dudas aún resulta la más avanzada entre los países del Continente. No obstante, algunas de sus leyes complementarias no fueron aprobadas o simplemente quedaron sin haber sido llevadas a la práctica; tal es el caso, por solo citar un ejemplo, de la Ley de las Comunas, que estipula la existencia del Parlamento Comunal Nacional, que aunque no sustituye las funciones de la Asamblea Nacional sí genera instrumentos que reconocen y viabilizan al poder popular y sus proyectos, a fin de ser tomados en consideración por ésta, a la vez que aprueba los planes de desarrollo comunales sometidos a su consideración.

Resulta insólito que un instrumento político-popular de tal tipo, en un país como Venezuela, donde es una meta de sus gobernantes la construcción del Socialismo del Siglo XXI, no se haya puesto en funcionamiento: muchos de esos parlamentos y consejos ejecutivos, elegidos por la base y que debían sumar más de 1 400 comunas en todo el país están aún está en construcción y carecen de parlamentos.

Este parlamento comunal estaba llamado a construir una nueva cultura de gobierno popular, con una práctica política democrática que removería los cimientos de la democracia continental, ya no sólo la de Venezuela. Desgraciadamente, no fue hasta nueve días después del triunfo oposicionista en la Asamblea Nacional, el 15 de diciembre, que se instaló ese Parlamento Comunal Nacional, con los líderes comunales elegidos hasta el momento y no será hasta el próximo 4 de febrero que se presente la propuesta de reglamento interno para su funcionamiento.

No caben dudas de que la Revolución necesita alas, mientras que la burocracia anda con botas de plomo. Otra sería la situación si ese Parlamento Comunal Nacional, elegido de la base, por el pueblo, dictara pautas a una Asamblea Nacional postulada por la partidocracia. Una Revolución, para ser Revolución, tiene que entregar poder al pueblo.

Una Revolución es un asalto al cielo y los revolucionarios, en ese camino, y ante el ataque de la reacción, por constante y desconcertante que sea, no pueden aminorar la marcha, perder de vista el objetivo y mucho menos sentarse a descansar en una nube, en que la bruma resulta el escenario idóneo para la burocracia.

También acotábamos en nuestro anterior comentario editorial, referente a Argentina y el que ya hicimos referencia (No. 74; 1 de diciembre de 2015) que: “Ningún dirigente puede profundizar un gobierno progresistas sin el apoyo de un partido u organización política unificada ideológicamente en torno a un programa, aunque sea mínimo, que arrastre a la mayoría de la población”. En Venezuela, aunque la situación es diferente pues el PSUV resulta mayoritario dentro del Gran Polo Patriótico, no es menos cierto que muchas tendencias pululan dentro de cada una de esas agrupaciones y existen dirigentes que sólo ven en el proceso revolucionario una forma oportunista de escalar posiciones; en cualquier movimiento revolucionario existen esos individuos, pero  resultan más peligrosos cuando los procesos políticos no están consolidados.

Hasta aquí nos hemos referido a algunos de los temas que todo proceso progresista debe vigilar para mantener la confianza popular y evitar su autodestrucción; no hemos enumerado los ataques de que ha sido víctima la Revolución Bolivariana. Al margen de los errores que pudieron haber cometido los dirigentes revolucionarios venezolanos -de los que, como dijimos, todos los hombres y mujeres progresistas del Continente debemos aprender- debe quedar claro que la causa principal de esta derrota electoral, aunque coadyuvaron a ese resultado, no proviene de esos desaciertos y sí de los cometidos para enfrentar la ofensiva contrarrevolucionaria.

Sería muy romántico pensar que el imperialismo y su aliada la reacción interna van a dejar que se desarrolle apaciblemente una revolución en lo que ellos consideran su “patrio trasero” y mucho más si en esa zona existe la mayor reserva de petróleo del mundo. Desde la llegada al gobierno del presidente Hugo Chávez han sido incontables las maniobras contrarrevolucionarias, desde golpes de estado fracasados hasta intentos de magnicidio.

Desaparecido físicamente el líder,   el imperialismo y la derecha venezolana han intensificado una guerra de baja intensidad que incluye desde desórdenes, valiéndose de delincuentes y mercenarios extranjeros, que han costado la vida a decenas de hombres y mujeres del pueblo, hasta la desinformación y el desabastecimiento.

La guerra económica contra Venezuela ha sido feroz y muy poco margen de maniobra pudo tener el gobierno para contrarrestarla si tomamos en consideración que los precios del petróleo del mercado mundial se cotizan a mínimos históricos; otro tanto puede decirse de la guerra mediática contra el proceso revolucionario, perfectamente orientada por los ideólogos del imperialismo –nacional e internacionalmente-, al extremo de que una buena parte de un pueblo que tanto recibió gracias a la Revolución Bolivariana, votó contra si mismo.

Ante un panorama tan hostil, el único que era de esperar, vale decir que para luchar exitosamente sólo hay un camino: profundizar la Revolución; para ello los revolucionarios no podemos detenernos a pensar cuáles campañas va a desplegar la dictadura mediática contra los procesos progresistas y tampoco que nuevos intentos contrarrevolucionarios pondrán en marcha imperialistas y oligarcas. De todas formas manteniéndose a la defensiva o a la ofensiva, el enemigo sí sabe que su único objetivo es destruir los procesos revolucionarios y lo intentarán con todos los métodos a su alcance.

Contra el terror contrarrevolucionario, que causó a principios de 2014 más de 40 muertos, si bien no cabe el terror revolucionario si es válida la vigilancia popular revolucionaria, organizada y armada si fuese necesario. ¿Es acaso que los gánsteres y mercenarios extranjeros, pagados por la ultraderecha, pueden asesinar, aterrorizar…, y el pueblo revolucionario no puede defenderse?

Contra el acoso a la moneda venezolana, la inestabilidad en  los mercados con el consiguiente desabastecimiento, largas colas para conseguir alimentos, alto costo de la vida, bolsa negra…, sólo cabía profundizar la Revolución y acudir a las expropiaciones y entrega a los obreros de las empresas que los propietarios no mantengan en adecuada producción. La burguesía, que bien pudiera ser aliada de los procesos progresistas, debe saber que lo único que se le pide es producir y que por ello obtienen ganancias, de lo contrario sobra como actor social.

Lo menos que se le puede exigir a los medios de difusión masiva es el respeto a la verdad; por ley, ante cada infundio u ofensa los propietarios deben estar obligados a brindar el mismo espacio a la réplica; de no ser así queda demostrado que la libertad de prensa no existe para las clases explotadoras y por lo tanto los medios masivos de comunicación deben estar en manos del pueblo.

Sencillamente, no se puede hacer Revolución con todos los mecanismos del imperialismo en contra, la economía nacional en manos enemigas, con gánsteres y mercenarios extranjeros campeando por su respeto en las calles, con la mayoría y los más importantes medios de propaganda en contra, con la amenaza de una guerra civil si la ultraderecha pierde las elecciones.

Soy de los que piensa que, sin caer en extremismos ni dictaduras, la Revolución Bolivariana ha actuado con demasiada tolerancia y benevolencia. La consigna en Venezuela debió haber sido y debe ser de ahora en adelante: A más contrarrevolución, más Revolución.

Lo que diga la  “gran prensa” mundial  no debe preocupar mucho. Debemos recordar que a principios de 2015 la propaganda contrarrevolucionaria se centraba en que el gobierno no convocaría a las elecciones parlamentarias; cuando se efectuó la convocatoria afirmaba que no existirían  libertades para los comicios por lo que la oposición no reconocería los resultados; más tarde, el estribillo era que no serían admitidos observadores u acompañantes extranjeros y así el gobierno consumaría más fácilmente el fraude y por último se dejaba entrever que si a la oposición no se le reconocía el triunfo tendría lugar una guerra civil…. Las elecciones parlamentarias fueron convocadas, no se reportó durante los comicios ningún tipo de violencia o coacción, los observadores u acompañantes extranjeros fueron admitidos, las elecciones fueron ganadas por la oposición, y como les  fueron satisfactorios los resultados,  sí los reconoció.

Enumeramos todo lo anterior para dejar bien claro que la “gran prensa” fue tendiendo toda una red de desinformación que confundió no sólo al pueblo venezolano sino al mundo entero para así justificar las acciones violentas que tendrían lugar de haber triunfado el Gran Polo Patriótico. Habría que preguntarse cuántas personas no votaron por los candidatos chavistas ante el temor de que una victoria del Gran Polo Patriótico desatara una guerra civil.

Varios de los nuevos diputados derechistas en  la Asamblea Nacional han dado a conocer muy claramente algunos puntos de la agenda que intentarán llevar a la práctica;

– Convocar a un plebiscito el  próximo mes de abril para que sea revocado el presidente constitucional, Nicolás Maduro, que asumió el poder en abril de 2013 y debe concluir su mandato en 2019.

-Aprobar una amnistía a fin de poner en libertad al dirigente oposicionista Leopoldo López y otros condenados por la violencia desatada a principios de 2014, que dejó como saldo 43 fallecidos y más de 800 heridos.

-Dejar sin efecto  convenios de cooperación integracionistas como Petrocaribe (un objetivo estratégico para la política estadounidense en el área).

-A petición de la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela intentarán derogar varias leyes; entre ellas la Ley Orgánica de los Trabajadores y Trabajadoras (LOTT), Ley de Tierras, Ley de Arrendamientos, Ley de Precios Justos y Ley Contra la Estafa Inmobiliaria.

-Derogar la Constitución de 1999 y con ella todas las leyes progresistas de los últimos 15 años, así como poner en vigencia la caduca constitución de 1961

Aunque llevar a cabo un golpe de estado parlamentario, parecido a lo ocurrido en Paraguay, resulta un tanto difícil pues tendría que ser refrendado por el Tribunal Supremo de Justicia, uno de los poderes más sólidos del Estado, y apoyado por las Fuerzas Armadas Bolivarianas, que hasta el momento han mostrado fidelidad a la Constitución y al presidente electo, nunca habría que descartar la posibilidad de traidores en el seno de los organismos castrenses; baste recordar el golpe de estado que se llevó a cabo en 2002 y el que se fraguaba a principios de 2015, en el que estaban involucrados varios oficiales de la Fuerza Aérea

Ante esa agenda hay que señalar que el régimen político venezolano es básicamente presidencialista, por lo que sin duda se avecinan fuertes enfrentamientos entre el poder legislativo y el ejecutivo, que tendrá en sus manos el poder del veto.

La actitud del nuevo presidente de la Asamblea Nacional, el ultrarreaccionario Henry Ramos Allup, al ordenar a grito limpio, mientras se hacía filmar,  el retiro del Palacio Legislativo de los retratos de Bolívar,  hechos con modernas técnicas computarizadas, así como entregar los de Chávez “a la viuda y a sus hijas” o arrojarlos “a la basura”, demuestra claramente el peligro cavernícola que se cierne sobre Venezuela.

En todo caso, 2016 será un año decisivo ya no sólo para la Revolución Bolivariana, sino también para toda Latinoamérica y el Caribe.

Los dirigentes chavistas deberán tener muy claro que en Venezuela está en juego, a corto plazo, el futuro de Nuestra América y sobre los hombros de ellos descansa en buena medida esa gran responsabilidad. Organización, movilización, resistencia, contraataque y sobre todo Revolución, deben ser las palabras de orden.

La historia no perdona a los que retroceden y desprecia a los que traicionan.

                                                                                                                                                                                          Eddy E. Jiménez

La Mesa opositora en Venezuela

Por: Lorena Freitez y Alfredo Serrano Mancilla

 

Las diferencias, en definitiva, adentro de la Mesa son eminentemente tácticas: unos pretenden incendiar todo cuanto antes mientras otros confían en el fuego lento. El objetivo, el mismo: derrocar al chavismo y especialmente al Presidente Nicolás Maduro.

El relativo silencio chavista luego de la derrota electoral del 6D ha sido compensando con un descomunal ruido en el seno de la oposición venezolana. Ni saben perder ni tampoco ganar. Las divisiones internas dentro de la Mesa Unidad Democrática (MUD) no se han hecho esperar. Cada jinete tomó su caballo, y comenzó su carrera para llegar en la mejor posición posible el día de instalarse la Asamblea Nacional. La Unidad quedó subordinada a una suerte de competitividad interna que ha quedado perfectamente fotografiada en prensa y redes sociales. De nuevo, en cuanto se acaba una cita electoral, vuelven a relucir las sustanciosas divergencias tácticas en el accionar político.

El ala más radical liderada principalmente por Leopoldo López suplica otra vez más un plan inmediato para sacar al Presidente constitucional Nicolás Maduro del gobierno en los próximos seis meses. El objetivo es poder llegar a filmar la segunda temporada de la serie La Salida. María Corina Machado desea ser nuevamente una protagonista principal en este suceso, pero todo parece indicar que esta vez se quedará como actriz de reparto. La emergencia de la figura de la esposa de Leopoldo, Lilian Tintori, con sus guardianes internacionales, ha eclipsado en buena medida a la anterior. Antonio Ledezma sigue ahí escondido entre bambalinas asumiendo su papel secundario pero sin bajar nunca el tono cada vez que le toca apelar a este plan violento anti constitucional. El objetivo de todos ellos coincide en llamar “a las calle”para provocar confrontaciones que justifiquen salidas violentas, aun cuando ya comprobaron que este método trajo consigo muchas muertes hace un par de años. Este sector opositor se siente incómodo adentro de la Unidad. Creen ciegamente en la vía no democrática y discrepan frontalmente de otros opositores que sí creen que para gobernar en Venezuela se requiere el apoyo de la mayoría.

En esta línea, está Capriles Radonsky quien pide tiempo y calma poniendo el acento en todos los problemas que acucian al país. Así aparece en escena luego de dos derrotas, procurando auto proclamarse el único líder opositor, disfrazado como hombre de Estado. De esta forma, se diferencia del otro personaje en competición, Leopoldo, procurando presentarse como el gran valedor de esta vía democrática con capacidad real para derrotar al chavismo en la próxima elección presidencial. Capriles opta por algunos rasgos característicos de la derecha del siglo XXI: confronta menos, dice buscar diálogo aunque lo practique poco, apenas toca a Chávez, llama a sumar a los desencantados, e incluso procura pescar en el mismo seno del chavismo. Tanto es así que Capriles recientemente en una entrevista en el periódico Tal Cual reconoció que: “Nosotros decíamos que había que organizar una mayoría, con piso en los barrios del país, fuerza política”. Capriles, o quizás sus asesores, por fin han entendido algo de la nueva identidad política existente en Venezuela: para vencer al chavismo política y electoralmente, se ha de construir otra gran mayoría.

Sin embargo, ninguno de los nombres previos tienen cabida en la nueva Asamblea Nacional (AN), siendo ésta el nuevo frente estratégico para golpear al poder ejecutivo. Es precisamente la carrera para ser el Presidente de la AN lo que ha desatado aún más las desuniones en la Mesa opositora. En este río revuelto, han querido pescar todos. Pero han sido los adecos, segunda fuerza electoral de la AN, con Ramos Allup como su máximo exponente, quienes han sabido moverse mejor. Han acabado coronando la ansiada presidencia del parlamento gracias al apoyo de Voluntad Popular (de Leopoldo López). Así que Julio Borges (de Primero Justicia, el mismo partido de Capriles), el otro contrincante en la contienda, se queda afuera de este primer puesto. Así que finalmente un diputado de la tercera fuerza más votada, como es el caso de Ramos Allup, queda proclamado Presidente de la AN. Por encima de este partido, en diputados, estaba el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y Primero Justicia. Pero no. La vieja partidocracia logró imponerse gracias a la alianza con Leopoldo López quien sigue moviendo hilos desde la cárcel.

Por tanto está servida la disputa interna de la Mesa al interior de la AN. Por un lado, Tomás Guanipa, el secretario general de Primero Justicia, sigue en la línea caprilista priorizando la tarea legislativa en los próximos meses sobre aquellos asuntos prioritarios, y a partir de ahí, esperar cómo reacciona el gobierno. Por el otro, el futuro Presidente Ramos Allup, en asociación con Leopoldo López, buscarán que sea el Parlamento el que se ponga manos a la obra para llevar a cabo este año La Salida en versión de golpe institucional.

Las diferencias, en definitiva, adentro de la Mesa son eminentemente tácticas: unos pretenden incendiar todo cuanto antes mientras otros confían en el fuego lento. El objetivo, el mismo: derrocar al chavismo y especialmente al Presidente Nicolás Maduro. La oposición ha demostrado que lo único que le mantiene unido es confrontar contra el chavismo. Cuando se ponen a discutir entre ellos, entonces la Mesa de Unidad deja de ser una mesa unida para pasar a ser un conjunto de partidos de oposición con fracciones de intereses específicos que en nada representan a la unidad de Venezuela. Seguramente, la Mesa estará deseando que el chavismo vuelva cuanto antes a la palestra, porque de no ser así, la oposición seguirá haciéndose el haraquiri entre ellos mismos.

**Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG)
Fuente: Telesur  http://www.telesurtv.net/opinion/La-Mesa-opositora-en-Venezuela-20160105-0060.html

 

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El chavismo ante su prueba más dura y difícil.

Por Ángel Guerra Cabrera

El resultado de las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre en la República Bolivariana de Venezuela constituye el más duro revés infligido al chavismo por la contrarrevolución y el imperialismo.

Seguramente el gobierno bolivariano ha cometido errores de importancia que contribuyeron a esta derrota y deberán ser evaluados por sus líderes y por los militantes revolucionarios de ese país para adoptar los correctivos que exijan. Es una tarea de ellos en la que no me inmiscuiré.

Pero más allá de eso, lo que muestra este desastroso desempeño electoral es la creciente asimetría de condiciones en que se han visto forzados cada vez más a desenvolverse los gobiernos de izquierda ante los continuos torneos comiciales a que obliga la democracia representativa, con el desgaste que ello implica. En su caso, no se trata, como los gobiernos neoliberales, de limitarse a administrar el sistema, subordinados a los dictados de creciente depredación y saqueo de pueblos del capitalismo neoliberal y sus centros imperiales de poder financiero; sino de construir un nuevo proyecto social.

Estas elecciones venezolanas se desarrollaron en un marco geopolítico y una correlación de fuerzas distintos al de las 19 organizadas anteriormente por el gobierno bolivariano.

Primero, la derecha y Estados Unidos han conseguido recomponerse después de la sorpresa que les depararon la rebelión de las masas populares de América Latina y el Caribe(ALC) contra el neoliberalismo y sus importantes consecuencias. Entre ellas, el surgimiento de un líder de la talla de Hugo Chávez y de otros de gran valía que llegaron a ocupar la presidencia de varios países de la región, e iniciaron procesos de redistribución de la riqueza orientados en lo externo a romper la dependencia de Estados Unidos, impulsar la unidad e integración latino-caribeña y la emergencia de un mundo multipolar.

Segundo, repuestas de la sorpresa y el susto que les produjo la nueva realidad, esas fuerzas desencadenaron una contraofensiva con el propósito de derrocar por distintas vías a los gobiernos posneoliberales de ALC. La misma fue intensificada a partir del fallecimiento del comandante Chávez, una pérdida cuyo carácter extremadamente sensible no escapó a su percepción.

Tercero, ese accionar ha comprendido –con énfasis particular en el caso venezolano- la aplicación del recetario de las llamadas guerras de cuarta generación: guerras económica, diplomática y mediática, así como otras formas solapadas o violentas de acción, legal e ilegal, incluyendo la intervención del paramilitarismo en asesinatos de líderes populares y la desestabilización interna.

A la especulación del capital local e internacional con los fondos financieros del gobierno bolivariano, el acaparamiento y el desabasto se unió la caída de los precios del petróleo, a todas luces una jugada de Washington contra Rusia, Irán y Venezuela. Es este el factor que más daño hizo a la capacidad de maniobra de Caracas ante el embate de la derecha local e internacional.

Como si todo esto fuera poco, cabe recordar que el presidente Obama firmó un decreto el 6 de marzo de este año que calificaba a Venezuela como “un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos”. Es con esta pistola en la sien y el acoso y agobio ya expuestos que concurrieron a votar este 6 de diciembre los venezolanos.

Cabe recordar que las revoluciones auténticas, como la bolivariana y chavista, no surgen ni orientan su rumbo con arreglo a los tiempos o eventos electorales. Sí, la derrota sufrida es de gran trascendencia. La victoria electoral lograda por la contrarrevolución al obtener la mayoría calificada en la Asamblea Nacional, le otorga una cuota enorme de poder político que podría eventualmente permitirle el desmantelamiento de los logros sociales del chavismo pero no significa el fin de la revolución.

El chavismo, sujeto político fundamental de ella, está vivo y si se mantiene estrechamente unido, explica al pueblo la gravedad de la situación creada, traza una estrategia inteligente frente a la nueva situación y construye una amplia coalición de fuerzas populares puede recomponerse y preparar el contragolpe contra una derecha que va por todo.

El momento en Venezuela, y en América Latina y el Caribe, es de combate. Las fuerzas populares que lograron poner fin al ALCA en Mar de Plata, crear el ALBA, PETROCARIBE, UNASUR y la CELAC, hacer que nuestra región dejara de ser traspatio imperial, no se darán por vencidas y pervivirán.

Fuente: La Jornada

Cómo se cocina información amañada contra el gobierno de Venezuela.

Por José Manuel Martín Medem

Cuando Felipe González dice que en Venezuela hay una tiranía, al que fue presidente del gobierno de España no le exigen los argumentos y las pruebas para sostener esa barbaridad. Solo añade que en el Chile de Pinochet se respetaban más los derechos humanos que en la Venezuela de Maduro. Al que intenta contestar sí le exigen una documentada y extensa explicación que tropieza con los oídos tapados por la cera de las intenciones blindadas. Venezuela no es una democracia hasta que se demuestre lo contrario, es una tiranía aunque la acusación solo se sostenga porque todo el mundo lo sabe.

Decir que en Venezuela hay una tiranía es lo que Fernando Casado considera sound bites, sonidos cortos que resumen ideas complejas para inyectarlos en el sentido común de la opinión pública internacional. Especialista en Derecho y Comunicación, Casado acaba de publicar en Madrid un libro con sus conclusiones después de cinco años de investigación sobre las informaciones contra el gobierno de Venezuela en los medios más influyentes de España y América Latina.

Explica la triangulación para amañar la información y ha conseguido entrevistar a periodistas destacados de los grandes medios de comunicación que reconocen la intervención editorial contra el gobierno de Venezuela.

La triangulación consiste en sembrar informaciones de la CIA en la prensa madrileña, siempre atribuidas a fuentes confidenciales, para que las reproduzcan en Miami y mediante el Grupo de Diarios de América. Finalmente se rebotan hacia Caracas para que las utilice el periódico venezolano El Nacional como si fueran palabra de Dios. Todo lo anterior no es la opinión de Casado o lo que a mí me parece. Es lo que cuentan periodistas de los medios empresarialmente implicados. El Grupo de Diarios de América lo forman O Globo (Brasil), El Mercurio (Chile), La Nación (Argentina), El Tiempo (Colombia), El Comercio (Ecuador y Perú), El Universal (México), El País (Uruguay) y El Nacional (Venezuela). Comparten la misma sintonía El Nuevo Herald (Miami), El Espectador (Colombia) y en Madrid ABC, El Mundo y El País.

Lo que reconocen los periodistas entrevistados por Casado le saca la máscara al supuesto periodismo de calidad. Angélica Lagos, editora de internacional en El Espectador: “es una construcción devastadora para la imagen de Venezuela”. Maye Primera, colaboradora de El País en Caracas: “Es un esfuerzo para crear una opinión pública desfavorable”. Clodovaldo Hernández, colaborador de El País en Caracas: “Una presión insoportable para que contara las cosas como ellos querían verlas”. Miguel Ángel Bastenier, enlace entre El País y El Espectador: “Todos sabemos quién es nuestro propietario y automáticamente la inmensa mayoría de los que estamos en el contexto que sea no nos salimos de ese marco”. Ángel Expósito, director de ABC: “Tenemos acceso a información de la CIA. La CIA siembra en Madrid”.

El 6 de enero, la DEA y la CIA le hicieron un regalo al diario madrileño ABC. Sacaron de Caracas al desertor Leamsy Salazar, presentado como oficial de las escoltas de Hugo Chávez y de Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, y lo llevaron a Madrid para que lo entrevistara Emili J. Blasco, corresponsal en Washington del mencionado periódico. Salazar le anticipó las acusaciones que iba a negociar con la fiscalía cuando posteriormente lo trasladaron a Estados Unidos: “Venezuela es un narcoestado construido por Hugo Chávez y ahora manejado por Diosdado Cabello”. El relato no es mío. Lo cuenta Blasco en el libro que escribió a partir de las revelaciones de Salazar, puesto a su disposición por la DEA y la CIA. Expósito le reconoció a Casado la “información de la CIA” y Blasco confirma en su texto que tuvo “acceso a informes de inteligencia”.

El corresponsal de ABC se ha convertido en la referencia fundamental para todos los medios que están dispuestos a utilizar la información de los servicios secretos de Estados Unidos blanqueada por ABC.

El libro también asegura que en Venezuela se ha organizado un fraude electoral permanente con la intervención de asesores cubanos. No aporta más pruebas que “acusaciones de testigos protegidos por la justicia estadounidense” y “revelaciones de figuras chavistas que establecieron contacto con las autoridades estadounidenses pero que prefieren no quemar las naves todavía”.

El Wall Street Journal intentó blindar la intervención periodística de la CIA, rebozándola con su prestigio de catedral del periodismo internacional. Pero disparó por la culata y el gobierno de Venezuela debería recomendar la lectura atenta y reposada de lo publicado. El WSJ reconoce que toda la información utilizada procede de funcionarios del gobierno de Estados Unidos y de sus servicios secretos. También que en Estados Unidos intentan desde hace diez años fabricar procesamientos por narcotráfico contra el gobierno de Venezuela sin conseguirlo por no contar con pruebas incuestionables.

Y además de que la operación en marcha consiste en provocar deserciones de funcionarios y militares para convertirlos en testigos a cambio de compensaciones que incluyen la residencia en Estados Unidos. “Los servicios secretos estadounidenses –reconoce el WSJ– han acelerado en los últimos dos años el reclutamiento de desertores que ofrezcan información útil”. Agentes de esos servicios explicaron al WSJ que “exiliados venezolanos ayudan a contactar con funcionarios gubernamentales para proponerles que se conviertan en desertores y se refugien en Estados Unidos”.

SE SABE QUE…

Un segundo libro recientemente publicado se ha sumado a las acusaciones sobre las supuestas complicidades de Cuba en Venezuela. Su autor es el venezolano Gustavo Azócar, consejero electoral de la oposición, y también tiene su origen en informaciones sembradas en ABC. Reitera las acusaciones de Blasco, utiliza los mismos “informes de inteligencia” y recurre incluso al “se sabe que”, asegurando que militares cubanos controlan la Universidad de las Fuerzas Armadas en la preparación de los oficiales venezolanos para reprimir las protestas populares por el fraude electoral que anuncia para las legislativas del 6 de diciembre.

The Guardian (¿me van a decir que es un diario chavista y bolivariano?) envió al economista y periodista estadounidense Mark Weisbrot para que informara sobre las movilizaciones de la oposición contra el gobierno. Después de dos semanas de observación en Venezuela, escribió una crónica titulada “La verdad sobre Venezuela: una revuelta de los ricos”, en la que explica que nada es como aseguran los medios de comunicación que más influyen en la opinión pública internacional y llega a la conclusión de que hay una estrategia insurreccional de la ultraderecha venezolana apoyada por Estados Unidos.

Juan Manuel Martín Medem fue corresponsal de RTVE en México, Colombia y Cuba. Miembro de la Comisión Ejecutiva del Sindicato de Periodistas de Madrid (SPM).

Fuente: CubavsBloqueo

 

Balance electoral, razones de la derrota y nuevo escenario.

Por Luismi Uharte

La amplia victoria de la derecha en las elecciones parlamentarias venezolanas del 6 de diciembre de 2015 exige abordar tres asuntos cruciales para comprender el momento presente: por un lado, analizar con precisión los resultados electorales; por otro lado, identificar con claridad las razones de la derrota; finalmente, anticipar el escenario a corto plazo.

Balance de los resultados electorales. En primera instancia es fundamental analizar con detenimiento los resultados reales, es decir, el número de votos obtenido por cada movimiento político y compararlos con comicios anteriores. Si solo reparamos en la cantidad de parlamentarios obtenidos por cada grupo la impresión más superficial es que la derecha (agrupada en la MUD) arrasó y duplicó en apoyos al chavismo (109-112 VS 55). Esto es producto de un sistema electoral que premia excesivamente al ganador en cada circunscripción.

En las anteriores parlamentarias de 2010, por ejemplo, la coalición izquierdista nucleada en torno al PSUV consiguió 98 parlamentarios, frente a 65 de la MUD, a pesar de que en número de votos se produjo casi un empate (5.400.000 VS 5.300.000). Ahora, la derecha obtuvo 7.700.000 sufragios frente a 5.600.000 del chavismo. Sobre un total de 14.300.00 votos, la MUD consiguió un 53,5% de apoyo frente a un 39% del chavismo. La diferencia real es, por tanto, de 14 puntos y medio. Otro dato muy relevante es que más de un millón de sufragios (casi un 7%) no han sido recogidos por ninguna de las dos partes. Gonzalo Gómez de Marea Socialista (escisión del PSUV a la que se impidió participar en las elecciones) advierte que hubo un gran volumen de votos nulos que en gran medida pueden agrupar a chavistas descontentos.

Por otra parte, si comparamos la evolución electoral de cada sector político es obvio que tenemos que medir el desempeño de cada uno a lo largo de los 2 últimos años, teniendo como parteaguas la muerte de Chávez. Esto obliga a comparar los resultados de las presidenciales de abril de 2013, cuando Maduro obtuvo casi 7.600.000 papeletas, frente a las recientes parlamentarias de 2015, en las que el chavismo ha reducido su caudal de voto en 2 millones de sufragios. La derecha, por su parte, consiguió hace 2 años y medio 7.360.000 votos, por lo que su aumento real es de menos de 350.000 papeletas.

Esto indica que no ha habido tanto una transferencia de voto sino fundamentalmente un incremento sustancial de la abstención chavista, que refleja un ‘voto castigo’, según Oscar Schemel. De cualquier manera, la diferencia de 53,5% VS 39% es sumamente relevante y simboliza la distancia media habitual que durante años tuvo a su favor el movimiento bolivariano pero que ahora, por primera vez en 17 años, se invierte en favor de la derecha. En síntesis, de cara a la más que probable cita electoral de 2016 (el revocatorio contra Maduro), el mapa electoral favorece a la MUD pero no presupone una derrota inevitable de la izquierda venezolana.

Causas de la derrota. Las razones que explican el fuerte revés electoral son múltiples, complejas y se retroalimentan cada vez con más intensidad. Sin embargo, hay un factor que destaca con mucha fuerza: el deterioro del poder adquisitivo y las consiguientes dificultades, cada vez más crecientes, para solucionar necesidades básicas de la vida cotidiana. Así lo perciben diversos analistas, como Eleazar Díaz Rangel.

De hecho, una de las mayores conquistas de la Revolución Bolivariana fue la mejora progresiva y sustancial de las condiciones de vida de millones de personas (principalmente de los sectores populares). Así fue durante por lo menos el primer decenio del proceso (1999-2009). En esa época, ni los problemas de vieja data (alta inseguridad, corrupción estructural, etc.) ni los de nuevo tipo (surgimiento de la boliburguesía, ineficiencia…) afectaron sustancialmente la hegemonía bolivariana.

Por otro lado, hay que subrayar que el deterioro del poder adquisitivo y el inicio del empeoramiento de las condiciones de vida se inician durante el mandato de Chávez, hacia los años 2009 y 2010. Esto significa que no es un fenómeno nuevo vinculado a la etapa de Maduro (2013-2015), aunque sí es cierto que se agrava en los últimos tiempos. Las lecturas idealizadas de la etapa de Chávez frente a la de Maduro no se ajustan a la realidad y además no permiten comprender el deterioro como un proceso de acumulación en el tiempo. La diferencia trascendental que aportó Chávez en su última etapa (2010-2013), en el contexto de retroceso paulatino –no lineal pero sí tendencial- fue su capacidad de sostener la articulación política y emocional de las bases bolivarianas, gracias a su arrollador liderazgo.

Uno de los factores fundamentales para entender el deterioro del poder adquisitivo es la desestabilización económica. El aumento desproporcionado de precios, el desabastecimiento de productos básicos y las interminables e irritantes colas han configurado una ecuación letal y muy funcional para las aspiraciones históricas de reconquista oligárquica.

El problema es que los actores que participan de la desestabilización son múltiples, formalmente antagónicos y con objetivos a corto plazo disímiles pero paradójicamente complementarios. Por una parte, están los actores con objetivos políticos expresos de derrocamiento gubernamental (oposición empresarial). Por otra parte, tenemos a franjas corruptas de la burocracia chavista con objetivos principalmente lucrativos. Finalmente, podemos citar a sectores de la sociedad “civil” que abrevan de la “cultura de la especulación”, y en la que destacan los llamados ‘bachaqueros’, revendedores de productos básicos que operan en el mercado negro. Nos encontramos, por tanto, ante un monstruo inorgánico que ha ido creciendo ante la ineficacia gubernamental y con el impulso de la reacción interna (político-mediático-patronal) y externa (imperialismo).

En síntesis, la dificultad cada vez mayor para llegar a fin de mes, no solo de sectores populares sino también de algunos estratos medios (cargos intermedios de la administración, profesores, investigadores…) ha sido la pieza clave para desequilibrar la balanza y para que el resto de problemas y padecimientos (inseguridad, corrupción, ineficiencia, falta de autocrítica…) se gestionen ahora, subjetivamente, con mucha menos permisividad y tolerancia.

Escenario a corto plazo. La victoria de la MUD y fundamentalmente el control de dos tercios de la Asamblea Nacional configura un nuevo campo de juego ya que por primera vez en muchos años la derecha recupera un poder del Estado trascendental: el legislativo. A lo largo de la primera década de Revolución Bolivariana el gobierno de Chávez logró progresivamente controlar los 3 poderes tradicionales del Estado y crear además dos nuevos, el Poder Electoral y el Poder Ciudadano (Defensor/a del Pueblo), los cuales también hegemonizó.

En consecuencia, es evidente que a muy corto plazo la disputa por los poderes del Estado será un escenario de batalla de primer orden. Los debates jurídicos que se han activado los primeros días posteriores a las elecciones así lo confirman, principalmente por la pugna teórica entre los que consideran que el nuevo parlamento podrá cambiar con facilidad y rapidez todos los Poderes (excepto el Ejecutivo) y aquellos que advierten que el procedimiento es complejo y largo. De cualquier manera, el control del Poder Electoral y del Judicial serán objetivos prioritarios de la nueva asamblea de mayoría derechista.

Otro asunto clave es descifrar cuál será la hoja de ruta de la oposición en estos primeros meses. En primer lugar, como acabamos de señalar, la recolonización de dos poderes estratégicos del Estado será prioritario: por un lado, la cooptación del Poder Electoral es de suma importancia para viabilizar con más seguridad el deseado Referéndum Revocatorio contra Maduro; por otro lado, la toma de los órganos centrales del Poder Judicial es vital para darle mayor legitimidad a la más que probable excarcelación (vía Ley de Amnistía) de criminales vinculados al Golpe de Estado, paros patronales, plan de derrocamiento de 2014 (‘La Salida’) que provocó más de 40 muertos… La salida de prisión del conocido ultra Leopoldo López –convertido en demócrata (sic) por la maquinaria mediática transnacional- podría ser uno de los primeros episodios.

En segundo lugar, la aprobación de nuevas leyes de contenido social y económico será otro frente de suma importancia. Por un lado, en el ámbito más específico de la política social, la derogación de la Ley de Precios Justos y quizás la Ley de Arrendamientos puede ser factible, aunque en el caso de esta última perjudicarían a una masa de votantes de estratos medios que han conseguido atraer en los últimos tiempos. Paralelamente, no parece que vayan a atreverse a tocar, por ahora, las Misiones Sociales, emblema de la política de inclusión del proceso bolivariano. Eso vendría después del revocatorio si consiguieran tumbar a Maduro.

Por otro lado, en el terreno económico, la Ley de Trabajo, una de las más avanzadas del mundo, puede convertirse en objetivo prioritario. De hecho, la patronal ya ha empezado a presionar con fuerza aunque diputados recién electos de la derecha, como José Guerra, advierten del riesgo social de una medida de estas características. Se avecina, en consecuencia, una disputa muy fuerte al interior de la derecha, entre los sectores más ultras y empresariales, ávidos de derruir los cimientos de protección social de la Revolución Bolivariana y otros grupos, no menos reaccionarios pero sí más pacientes y astutos, proclives a una táctica de desmontaje parcial y progresivo.

De cualquier manera, el horizonte de intentar sacar a Maduro y reconquistar el Poder Ejecutivo se traduce en un más que probable Referéndum Revocatorio que en principio, podría ser celebrado a lo largo del año que viene. A pesar de que el citado Guerra acaba de declarar que “creo que no debemos precipitarnos, ya que tengo la impresión de que en 2016 la situación económica va a ser más aguda y, en medio de una crisis tan profunda, generar un cambio de gobierno puede ser un autogol y un bumerán”, no parece que la derecha, después de 17 años expulsada del gobierno, vaya a permitir que Maduro gobierne hasta fines de 2018. Esto no solo por el deseo irrefrenable de reconquistar el Estado, sino sobre todo para evitar que el chavismo pueda recuperarse a lo largo de los próximos 3 años.

En cuanto al gobierno bolivariano, lo tiene sumamente complicado, ya que la estrategia del miedo de regreso al neoliberalismo no funciona con la misma efectividad, sobre todo entre la gran masa de votantes jóvenes que han crecido al calor de las políticas sociales. En los primeros días, el Ejecutivo ha apostado por la confrontación político-mediática, por la movilización de algunos sectores organizados y por la puesta en marcha de un proceso de debate con las bases y con los distintos colectivos que apoyan al gobierno.

De cualquier manera, esto no será suficiente para abordar el año 2016, probablemente el “año” decisivo y con mayúsculas. Los discursos grandilocuentes y sobrecargados de retórica socialista quizás haya que aparcarlos temporalmente (el propio Maduro acaba de reconocer la saturación existente) y centrarse en asuntos más terrenales pero de vida o muerte, como lograr pulsar la tecla adecuada que empiece a revertir, por lo menos de manera leve, el deterioro de las condiciones de vida.

Fuente: Rebelión

¿Cuáles son los limites de la derecha en América Latina?

Por Emir Sader

Clima de euforia en los medios de la derecha latinoamericana, después de década y media de sucesivas frustraciones. Creen que pueden volver a ser protagonistas de la historia latinoamericana contemporánea. En los medios financieros y en los medios de información internacionales, hay verdadera euforia.

El ímpetu con que actúan en Argentina y en Venezuela puede dar la impresión de que saben hacia dónde quieren ir, que tienen la clave del futuro de nuestras sociedades, que se han renovado al punto de poder volverse fuerza hegemónica en la región. Critican a los gobiernos progresistas, como si se tratara de un ciclo agotado, al cual ellos se proponen suceder y superar.

Pero, ¿qué tanto es así? ¿Qué se puede desprender de los primeros movimientos del gobierno de Mauricio Macri en Argentina y de los de la oposición victoriosa en las elecciones parlamentarias en Venezuela?

Aunque se propongan imprimir un nuevo impulso a la economía, todos los síntomas indican que retomarán el liberalismo económico, a pesar de su fracaso espectacular en el pasado reciente de esos países y en los que aún lo mantienen como modelo, como México, Perú y otros. Las medidas puestas en práctica en Argentina y las que se anuncian en Venezuela representan la vieja fórmula del retiro del Estado de su capacidad de regulación de la economía, de la liberación de acción de las fuerzas del mercado, de reinserción internacional e incluso subordinación al FMI y a la política norteamericana en la región. Profundización de la recesión y aguda crisis social son los corolarios obligatorios de esas políticas.

Nada que ver con la superación del ciclo progresista, aunque declararon formalmente que mantendrían las políticas sociales de esos gobiernos, reconociendo su éxito y apoyo popular. Pero al reafirmar a los supuestos duros de las políticas neoliberales, cortando recursos y afectando directamente a los núcleos que las implementaban, demuestran, en Argentina, la contradicción entre su política económica y los objetivos sociales. Contradicción clara en Argentina, donde se multiplica el desempleo con enorme rapidez, y probable, en caso de que llegaran a gobernar en Venezuela, por la forma cómo se critica la generación de empleos, supuestamente de manera artificial y política por parte de los gobiernos tildados de “populistas”.

Como llegaron al gobierno por la vía electoral, no pueden recurrir a la represión abierta de los movimientos populares, que dio un margen de maniobra a las dictaduras para imponer su “paz social”. En Argentina se enfrentan, desde los primeros días, a movilizaciones populares masivas e indignadas por la brutalidad con que se intenta desmontar los derechos reconquistados a lo largo de los últimos 12 años. No hay luna de miel para el gobierno de Mauricio Macri que, al contrario, cuando recién empiezan las primeras y duras negociaciones salariales, no va a tener la vida fácil como su risueña campaña electoral auguraba.

¿Qué pasará cuando el gobierno se dé cuenta que la economía no volverá a crecer con las medidas que toma? ¿Qué, al contrario, se ahonda la recesión, con elevación del desempleo y de la crisis social? ¿Qué pasará cuando se dé cuenta que no dispone de mayoría política para seguir gobernando mediante decretos? ¿Qué pasará cuando tome conciencia que no puede establecer acuerdos internacionales que se contrapongan al Mercosur, salvo que intente la aventura de abandonar esa alianza regional de la que tanto depende la economía argentina y se aleje cada vez más de Brasil?

En Venezuela, la derecha, eufórica por su mayoría parlamentaria y proyectando el cambio de gobierno en seis meses, también va a tener que enfrentarse con la dura realidad concreta. En primer lugar, triunfaron en las elecciones parlamentarias, obteniendo 400 mil votos más que en la elección anterior – el voto castigo probablemente de chavistas descontentos -, pero también hubo una gran abstención – 2 millones – de chavistas que no optaron por el voto castigo, pero que son una reserva de apoyo para el gobierno. Esos amplios sectores, frente a un referendo revocatorio que la oposición logre convocar, no se sumarán automáticamente al fin del gobierno chavista, a sabiendas de todas las consecuencias negativas para los sectores populares.

En segundo lugar, las nuevas iniciativas del gobierno para reactivar a la economía, a ser enviadas a la Asamblea Nacional, van a plantear a la oposición el desafío de compartir medidas en contra de la crisis o de mantenerse en la impopular actitud de cuanto peor, mejor. A sabiendas que los problemas económicos son los que más afectan a la gente y que el sector moderado de la oposición quiere ayudar a superar la crisis, mientras que el sector radical solo piensa en cambiar el gobierno, las dificultades y el desgaste para la oposición pueden ser decisivos frente a una población necesitada de soluciones inmediatas para sus problemas.

Por otra parte, las medidas con las que el gobierno se ha blindado, dificultan mucho las primeras medidas anunciadas por la oposición, sea en relación a la amnistía o cualquier otra que busque la sustitución del gobierno en seis meses, van a chocar con una institucionalidad adversa, ya sea del Ejecutivo o del Poder Judicial. La euforia inicial se va agotar rápidamente. Quedaría la convocatoria del referendo en la mitad del gobierno de Nicolás Maduro, que puede ser logrado con el 20% de firmas de los electores.

Pero frente a la disyuntiva de terminar de una vez con los gobiernos chavistas y entregar el poder a la oposición o seguir peleando por la superación de la crisis en el marco de esos gobiernos, la oposición no contará fácilmente con una mayoría. Lo decisivo será la lucha de masas en los próximos meses, junto con la reacción popular frente a las iniciativas del gobierno para superar la crisis y las respuestas de la oposición. Las movilizaciones populares, que se han iniciado ya, favorecen ampliamente al gobierno, que cuenta con una militancia activa, mientras que la oposición cuenta con un gran apoyo silencioso y el descontento de sectores populares que siempre habían apoyado al chavismo.

Pero lo determinante será la postura política de la izquierda, de proponer alternativas concretas, de desencadenar la lucha de ideas y ser capaz de movilizar a los más amplios sectores populares en la resistencia en contra de la derecha, dirigiendo, de forma unificada, la continuidad de las luchas en contra del neoliberalismo y de los intentos de restauración conservadora en nuestras sociedades.

Emir Sader es sociólogo y científico político brasileño, coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

Fuente: Alai-Amlatina